martes, 7 de abril de 2020

Historia de Coronavirus (6)


“El amor en tiempo de cuarentena”


Escribe:
Hugo Alberto Cammarata

Patricia, sintió frío. En semi inconsciencia, percibió que estaba en la Unidad de Terapia Intensiva. La famosa UTI, pensó, mientras la trasladaban de la camilla a la cama. “Pato” buscó en su memoria cómo se contagió. “Maldito virus”, maldijo.

Apenas se enteró del primer caso del coronavirus, Covid19, comenzó con el operativo para enfrentar al “bicho”. Llenó la despensa, en realidad era el cuarto de huéspedes, varias pack de lavandina, lysoform, alcohol líquido y en gel, insecticida -para el dengue, murmuró en aquel momento- en aerosol y repelente en crema, y papel higiénico, que ocupaba la mitad de la habitación -Para que tanto papel, expresó agarrándose la cabeza, y encontró esta respuesta: ¿Si mi vecina compró esa cantidad de papel, por que no lo puedo comprar yo?.

Patricia, decidió confinar a su marido, Pedrito, que rondaba los 65 años de edad. El lugar elegido fue el cuarto que había pertenecido a su único hijo, que vivía en Japón. Muy a regañadiente acepto, pero pensó que disfrutaría de la cuarentena, leyendo y algo que le hacía brillar los ojos azules; podría gozar del sol, en su balcón ubicado en el séptimo piso.

A pesar que tenía alimentos como para alimentar a un ejército, solía salir a comprar las facturas, para el desayuno y eventualmente para la merienda, en la panadería de la cuadra. A tal efecto la Sra. usaba un par de galochas verde fluo, un jogging, una remera y una vieja capa que la cubría desde la cabeza a los pies. El rostro cubierto con barbijo quirúrgico 3M, anteojos que son utilizados por los trabajadores que usan amoladoras y por supuesto guantes blancos de látex. Así salía a la calle cruzando de vereda cada vez, que un ser humano aparecía de frente. Los empleados de la panadería la conocían, por lo que tenían preparada las cuatro medialunas de manteca.
De regreso, apenas salía del ascensor, corría al lavadero, temblando de asco, la piel se le erizaba, así desnuda, metía la ropa de salida, en el lavarropa, “Si no fuera la gracia de Dios, -pensó- le prendería fuego. En punta de pie entraba a la ducha, y se jabonaba varias veces, y con la esponja se fregaba hasta que la epidermis, que viraba al rojo infierno.

Los días pasaban volando, la nueva rutina, se le hizo carne a “la Pato”. Pero, sucedió, algo inesperado.
Luego de la ducha matinal, envuelta en un toallón estampado con flores multicolores y el cabello mojado jugando sobre la nuca, preparaba el desayuno,fue en ese momento que se le vino a la mente, un recuerdo, de cuando conoció a su marido, de repente su cuerpo tembló de deseo. Cuando se acercó a la mesa, en un ademán se le desprendió la colorida prenda y las flores se desparramaron en el piso. Pedro que contemplaba la escena, se abalanzó. Las lenguas se hicieron un nudo, las manos subían y bajaban.
Pero de repente, Patricia lo paró en seco
-¡Que haces pelotudo, imbécil, viejo alzado! 
-¡Tanto cuidarme, y esta mierda me tienta! Resopló
Al tiempo que gritaba y gesticulaba se acercó a la bacha de la cocina, e intentó vomitar. Se introdujo dos dedos en la garganta. Temblando, se sirvió una taza de café caliente, con el el cual se hizo gárgaras. El virus muere con el calor. -se convenció, eso lo había leído en el Whatsapp. Corrió al baño, tomó el cepillo y lo cubrió con crema dental. El espumarajo desbordaba por la boca. Se metió en la lluvia y se fregó tanto, que casi manó sangre del vientre.

¿Que había pasado con Pedro? En el momento que su esposa lo insultaba de pié a cabeza, sintió que algo estallaba en su bajo vientre, los músculos se tensaron como una cama elástica. Y lo inevitable sucedió, un reguero de líquido blancuzco, se derramó en el piso encerado, solo atinó a decir cuando hizo una pausa el cuerpo. “Perdoname, mi Pato querida”. Agitado, casi temblando llegó al cuarto y se tiró de bruces en la cama.

En la cena, no se hablaron, solo se escuchó:
-¿Quien es la china del balcón contiguo?
Pedro, se encogió de hombros.

-Mamita, colaborá -la retó el enfermero, vestido de astronauta.
El pasillo estaba atestado de camas, cada enfermo con su respirador. Enfermeros y médicos, corrían de aquí para allá. 
Una mujer, también con escafandra de cosmonauta, retrocedió sobre sus pasos. Se paró y miró a la enferma, la reconoció y le dijo: “Hola, vecina” Pató apenas entreabrió los ojos, efectivamente era la vecina del balcón contiguo. El alma se le estrujó, los valores de registro de signos vitales, enloquecieron. Estaba intubada, las palabras se las tragó el respirador.
“Fuiste vos, china mal parida, la que me contagió.

Córdoba, 07 de Abril 2020

jueves, 2 de abril de 2020

Historias de Coronavirus (5)


PostVirus

 
Dominique Peyronnet (Français, 1872-1943 ), La Forêt

Escribe
Jésica Rita


La primavera había llegado. El suelo bajo los pinos era mullido y húmedo, fragante. La tierra oscura, el bosque alto, la sombra fresca y vasta. Las aves y el sonido de las hojas parecían salir de sus oídos. Entre las piedras había vertientes donde ella saciaba su sed. Se sentía feliz. 
A veces recordaba su antigua vida citadina. A menudo trataba de imaginar las calles y edificios ahora vacíos, pero no podía. Era una imagen que no lograba ver; en cambio recordaba sirenas y bocinas. 
Prefería la quietud de ahora. Desde hacía algún tiempo, todas las semanas caminaba hacia su altar del silencio, en la punta del cerro. La caminata hasta arriba era dura pero lo hacía a manera de ritual y entrenamiento; sus piernas se volvían cada vez más fuertes. 
Al llegar masticaba algunas setas de pino recolectadas en el camino y luego miraba el horizonte largamente. Permanecía horas de cara al viento observando los vastos valles y sus lagos imponentes. 
En ocasiones veía cóndores y los saludaba con una reverencia, como a los sabios y antiguos espíritus custodios que eran. 
Agradecía a la tierra por permitirle estar allí rodeada de nubes. 
La mayor parte del tiempo estaba sola recorriendo senderos. Rara vez se encontraba con alguien. Si estaba sierra arriba, en las noches de verano solía dormir sobre alguna piedra, aunque prefería permanecer en los bosques de pinos foráneos y dormir en colchones mullidos de paja. En invierno hacía fuego y descansaba bajo el cielo, o al cobijo del bosque nativo. 


En los montes había espíritus y elementales centinelas; al principio les tenía miedo, luego supo que ellos también la protegían a ella; siempre que sentía una presencia le saludaba y le pedía permiso para transitar o permanecer. 
Se manifestaban como voces provenientes de ningún lugar, como si alguien hubiera dicho alguna palabra de la cual llegaba sólo un eco imposible entre los árboles. Un par de veces escuchó diálogos aunque nunca pudo entender lo que decían; una vez vio un ternero de cuya boca abierta salía el canto de un pájaro estremecedor. 
Sabía que eran los elementales diciendo, aquí estamos. 
Hacía tres años que vivía de esa manera. Aún le quedaban muchas pastillas nutritivas, por lo que el alimento no era su preocupación; además comía algunas bayas y setas cuando conseguía. En verano eran fáciles de encontrar durazneros cerca de los ríos o en el patio de alguna casa desocupada. Conocía casi todos los frutales de la zona. 
De todas formas, como casi nunca tenía hambre, por lo general, ayunaba. 

Poco tiempo después de que el virus llegó a las ciudades todo lo conocido empezó a colapsar. Pronto se acabó la comida y la gente dejó de tener acceso a otra cosa para alimentarse más que los suplementos. Eran lo más económico que se conseguía y garantizaban, según los organismos internacionales y la comunidad científica, todos los nutrientes esenciales para la vida, sintetizados en pequeñas cápsulas que se vendían en las farmacias. 
Ignorando si eran buenas o malas para la salud, la mayor parte de la población no tuvo otra opción que poner su supervivencia en manos de esas minúsculas pastillas. 
Con el tiempo las personas se acostumbraron a ellas; muchos, sobre todo los abuelos millenials recordaban ciertos sabores con nostalgia. 

Cuando partió a la sierra lo hizo con una mochila cargada con 10 kilos de esos suplementos en la espalda como único capital. Le alcanzaba para vivir durante unos 15 años sin preocuparse, pero como no comía todos los días, ese tiempo se había casi duplicado. Las tenía escondidas en una cueva y cuando hacía sus excursiones se llevaba algunas en un bolsillo; bastaba con una por día. Luego volvía y buscaba más. 
Tenía el recuerdo de haber comido algo sólido y rico solo tres veces en su vida, cuando era niña, así que cuando podía darse un buen festín de dulce fruta, su paladar se regocijaba. En ese momento recordaba a sus abuelas y las anécdotas de cuando no todo era transgénico pero comer animales era la norma. 

Las sucesivas cepas del virus habían ido diezmando a la población mundial hasta hacerla casi desaparecer en sólo cuestión de décadas. Por designio o por azar ella no se había enfermado nunca pero la ciudad ya no era un sitio amigable para vivir, así que se había marchado. 
La vida ahora era simple y prodigiosa. Y la sierra toda para ella. 

Aún quedaban algunas comunidades, pero no le interesaba vivir en una, los años del temor al contagio habían alejado a las personas entre sí y algunas como ella, no sentían la necesidad de estar con gente. 
A veces cuando visitaba el templo del silencio, como le llamaba a la punta del cerro, se tiraba a dormir bajo el inacabable espacio, cobijada por el brazo de la vía láctea y se sentía la única habitante del universo. 
Casi siempre Veía luces provenientes de antiguos satélites y de naves espaciales. 
Instintivamente sabía que el planeta ahora engullido por la naturaleza era sumamente atractivo para ciertas civilizaciones que habían empezado a contactarse con humanes, después de la primera aparición del virus. 
A raíz del espectáculo que montaron de este hecho los medios masivos de comunicación, sumando a la crisis en la que la mortal enfermedad había sumido a toda la humanidad, mucha gente acabó con su vida. 

La permanente amenaza de una invasión alienígena fue otro de los motivos de su huída. 
Ahora allí, en medio de la fría noche, no tenía miedo. Sin internet el mundo se sentía enorme, inabarcable. Sentía que aquel lugar era un sitio sagrado, alejado de todo peligro y que ante una invasión allí estaría protegida. 
Se equivocaba. 
Continuará…
Córdoba, 02 de Abril, 2020 



Historias de coronavirus (6)

Pastillas Nutritivas
Imagen de la Web. Autor Desconocide



Escribe:
Jesica R. Checa


A partir de 2020, una sucesión de pestes asoló a la población mundial, en especial un Virus denominado Covid19. Muchos procesos que se gestaron en la época como el quiebre de las economías mundiales, el feminismo, entre otros parecían estar allanando el camino hacía una nueva conciencia, un nuevo mundo. 

Un nuevo mundo que muchos humanes imaginaban lleno de amor, respeto al medio ambiente, alimentos agroecólicos, granjas biodinámicas, arte. Poco o nada de eso sucedió. 

En cambio, los laboratorios inventaron una respuesta a todas las demandas que en cuestión de pocos meses se habían resumido a una sola y vociferante para casi todo el mundo: alimentarse. La mortandad del virus, el pánico social apuntalado por el amarillismo mediático, el temor al contagio y las economías quebradas por una interminable cuarentena desencadenaron, indefectiblemente en hambre. 

La solución para el problema fueron las pastillas nutritivas, las cuales fueron lanzadas al mercado con gran rimpompansia y luego abaladas con importantes premios de la ciencia y la cultura, bajo el slogan de "el mayor invento de la historia posmoderna", la solución definitiva para el problema del hambre. 

La primera reacción masiva fue de rechazo, ¿acaso qué humano que se preciara de ser tal querría renunciar a un placer tan rico como el de comer? Luego vino el escepticismo. Los científicos que recibieron los honores televisivos se encargaron de distribuir este gran invento a lo largo y ancho de un planeta colapsado. Luego no quedaron más opciones que las pastillas. 

Los comprimidos de bajísimo costo contenían en pocos gramos, todos los nutrientes necesarios para la vida. Muchos comenzaron a probarlas. Eran tan baratas como caramelos. Luego se empezaron a distribuir de manera gratuita en muchos hospitales. La gordofobia estuvo de celebración durante varios años. La industria alimenticia poco a poco dejó de existir. 

La gente dejó progresivamente de tener hambre y la comida se volvió tan cara que sólo las personas de mucho poder tenían acceso, o quienes tenían tierra, aunque fuera poca y podían trabajarla; la mayoría de estos últimos prefería alimentarse a base de suplementos y vender el alimento real para poder valerse económicamente en otros gastos, pues el costo de vida era muy alto. 

La gente de las ciudades no tuvo opción. 
Varias generaciones se alimentaron de esta manera. Es difícil aún hoy, estimar el gran quiebre cultural que significó este hito para las civilizaciones actuales.

Córdoba, 02 de Abril 


jueves, 26 de marzo de 2020

Historias con coronavirus (4)

Lluvia de objetos en capital; caos total y desnudez.

El "paper" comienza a viralizarse (Foto web)
Escribe:
Hugo Miler

A cuenta del título, y ante la pandemia, algunos podrían inferir que se trata del apocalipsis; sin embargo, y aunque la mística este presente, la razón es más terrenal de lo que aparenta. Roger Guendgfgfg, recientemente distinguido en el vaticano como monaguillo del año, regresó al país con un supuesto comunicado papal que fotocopió y distribuyó entre los inquilinos del lujoso edificio en el que reside. Fotocopias que, luego de ser leídas y redistribuidas por los primeros receptores, crearon una cadena que abarcó todo el casco céntrico y, hasta ese momento, siempre por el medio escrito. 

Usted, lector/a cibernético/a, se preguntará asombrado/a por qué no se viralizó vía internet; la respuesta está en el documento apostólico. Entre muchos otros pasajes incita a destruir -palabras más, palabras menos- los artefactos electrónicos y/o electrónicos que, por su uso cotidiano, se han convertido en -según el comunicado y claramente en contra del politeísmo- nuevos dioses que nos alejan del primer mandamiento “Amarás a Dios por sobre todas las cosas”(Wikipedia). Y hasta afirma que el diablo escribe los burlescos memes de las redes. El mensaje sugiere además que, entre todos los fieles, elijan una hora y manera determinada para comenzar la purga; cosa que coordinaron perfecta y sincronizadamente. Fue a las 12:33:25 (Guarismos que corresponden a la cantidad de apóstoles, la edad de Cristo y fecha de nacimiento del Inri) cuando desde los capitalinos balcones, miles de celulares, notebook, cpu, smart, modems, etc aterrizaron estruendosamente sobre el asfalto céntrico. Afortunadamente, los pocos transeúntes salvaron sus vidas y solo una anciana resultó lesionada. Sin embargo los daños materiales de los ajenos a la iniciativa, fueron cuantiosos. Ruben, remisero de 41 años, ayudó a una pasajera a bajar del remis que dejó estacionado justo bajo el balcón de don Enrique, hombre mayor, dueño de dos tv grundig de 22 pulgadas que tenía desde los 90 -sin funcionar- y que, para desgracia del damnificado, no se había deshecho antes: “(...)Fue horrible, el techo y los vidrios estallaron(...)” - dijo el ahora ex-remisero muy consternado y agregó- “(...)del susto solté a la vieja que se quebro la cadera, loco”.  

La Herejía

Las redes informáticas, cual justicia poética, aparecieron cuando un grupo anarquista reacio a la cuarentena y viendo el post escenario, interpretó el acontecimiento como una rebelión contra el sistema y, tras viralizar unas fotos, miles de personas comenzaron a despojarse del resto de sus pertenencias materiales; incluso las vestimentas. Cientos de ciudadanos desnudos ganaron las calles -incluyendo a don Enrique- danzando alrededor de una enorme hoguera forjada con los despojos: “Esto purificara al mundex de todex les virus” gritaban al unísono. Hasta Guendgfgfg que, sintiendo algo de responsabilidad, salió con la bandera papal en manos; pero sin percatarse que una chispa había volado hacia esta, la que agito cual barrabrava y avivó las llamas. Acto interpretado por los ‘herejes’ como un claro mensaje anticlerical; desnudado y puesto en alza, Roger se perdió entre las multitud. Hasta el día de la fecha se desconoce su paradero.

Este medio, fiel a la verdad, dialogó vía skype con el Sumo Pontífice para aclarar lo acontecido. Sobre el documento, explicó: “Era una joda, vah! en realidad lo redacte en un momento de calentura el año pasado, luego de que perdimos el clásico con Huracán (él simpatiza por San Lorenzo) y nada, me cargaban con memes y esas cosas, viste. - Y sobre cómo llegó el comunicado a las manos del joven, contó. “El chico insistía en llevar algo para mostrar allá, y bueno se lo dimos para ver que onda” - Sobre la desaparición de Roger, expresó. ”Esperemos este bien; rezamos por él y el remisero ese(...)” - Y luego, cagandose de risa mal, concluyó: “O sea, es un buen pibe, pero cae en todas… Mira si va haber un premio a monaguillo del año”.

Córdoba 26 de Marzo, 2020

martes, 24 de marzo de 2020

Historias con coronavirus (3)

Detenido por pasear al ‘boby’

Como excusa para salir del encierro, adoptó un perro callejero que resultó tener dueño; fue preso.
Pasear mascotas no es un delito, salvo en épocas de cuarentena o si el animal le pertenece a otra persona. 
>>Don Darío volvió, junto a Nicolino<< (Foto Web)

Escribe
Hugo Miler

El sujeto de apellido Doria, oriundo de esta localidad, término en la comisaría la madrugada del 21 de marzo acusado de robarle el perro a don Darío, uno de los linyeras de la cuadra. Sucede que Doria, estudiante de 22 años, no tuvo mejor ocurrencia que adoptar un callejero la noche posterior al anuncio presidencial sobre el aislamiento social y preventivo. Hasta aquí parece una actitud noble de su parte; sin embargo, y confirmado por el mismo, solo lo hizo para salir del departamento de vez en cuando. Es sabido que la ordenanza permite el paseo de mascotas una vez al día y solo en la vereda adyacente al propio domicilio. El joven habría encontrado al canino, un mestizo de unos seis meses, deambulando por la zona. La noche 2 de la cuarentena, Doria salió con “coronita” (asi lo bautizo) a dar una vuelta por el barrio. Incumpliendo la medidas, se alejaron de los límites de su edificio. Mientras tanto, Don Darío, que venía en sentido opuesto y hurgando entre las basuras oyó un ladrido familiar. Enfrente tenía a un sujeto que, con una correa improvisada, tironeaba un perro. Perro que, antes de ese encuentro casual, pensó que había huido. El animal logró zafarse y se lanzó a los brazos de su verdadero dueño. A continuación el indigente, un ex boxeador retirado por alcoholismo, le propinó al joven un certero golpe que lo dejó mareado; pero con la fuerza suficiente para devolverle a su agresor un rodillazo en la entrepierna. Ambos cayeron al suelo y permanecieron ahí hasta que los vecinos, alertados por los aullidos de Nicolino (nombre original animal en disputa), fueron a socorrerlos. Finalmente la policía, tras escuchar los testimonio, llevó a ambos pugilistas a la comisaría cercana. Sin embargo Don Darío salió a las pocas horas y volvió, junto a Nicolino al cálido rincón que los vecinos -en un gesto cívico- les prepararon en una esquina y donde, además de las sobras del día dejaron un poco de alcohol en gel y dos barbijos. Hermoso gesto. Mientras tanto Doria permanecerá detenido unos cuantos días por violar la cuarentena y, además pagará una multa tras ser liberado. Trascendió también que este piensa adoptar un gato. Desde la redacción, por su propio bienestar, deseamos que no sea el mismo felino del otro linyera de la cuadra; ex patovica y barra brava de Bella vista.

Córdoba, 24 de Marzo, 2020

Historias con coronavirus (2)

En tiempo de Cuarentena por la amenaza del virus Covid-19, a los que nos gusta escribir, aprovechamos para reflejar este devenir, y hoy le toca a un compañero ese privilegio: Hugo Miler, Habrá más historias que contar, solo es cuestión de mirar lo que nos rodea.   

La Terraza
"Desde su perspectiva, podía aplastar la ciudad completa" (foto de la web)

Escribe
Hugo Miler

Anochecía en esa jornada de marzo y la ciudad comenzaba a pagarse. A su corta edad le costaba comprender la nueva situación social que se atravesaba. No eran días felices, eso estaba claro. El desencanto reinaba en su humilde morada, como en muchas otras partes. El miedo era ingente. Días atrás, luego de la merienda, la rutina era jugar en las calles con sus amigos hasta la hora de la cena. Pero ya nos se podía salir, estaba prohibido. Aburrido del encierro, subió a la terraza para contemplar la noche. Lo hizo a escondidas de su madre, que decía era peligroso. La ley había sido acatada; nadie en la vía pública, nadie. Ni en los techos aledaños. Estaba él solo, nadie más que él y eso le regocijaba. Ahí arriba, bajo ese brillante firmamento, se apoderó las constelaciones y el universo. Desde su perspectiva, podía aplastar la ciudad completa. En esas pequeñas manos cabía todo, incluso la joven que pasaba caminando por la vereda de enfrente.

Dejó la imaginación a un lado y comenzó a hacerse preguntas. ¿Qué hace esa chica ahí afuera? ¿Por qué no está en su casa como el resto? Ella no parecía tener miedo, esto llamó más su atención. ¿Y si no escucho la orden del presidente y las noticias? ¿Debería entonces avisarle? En un momento sus miradas se cruzaron. Ese instante que él guardaría para siempre. Por primera y última vez creyó en el amor a primera vista. Jamás había visto una mujer tan hermosa como aquella. Ahora quería compartir su reinado. Viajar juntos por el cosmos montados en un cometa. Y cruzar la barrera del infinito. Pero… ¿Cómo le digo a mi mama? , pensó. ¿Y los padres de ella? ¿Me aceptarían? ¿Y si no les caigo bien? Además, a simple vista, ella era mayor y eso era un obstáculo importante. ¿Y si…?

Pero fue un instante, nada más que eso. Ella continuó su trayecto, cuando apareció un patrullero. La mujer aceleró el paso y se perdió a la vuelta de la esquina. El vehículo giró en la misma dirección. Entonces él volvió a ser el único en el mundo. El amo de las alturas y...; pero algo había cambiado. Las estrellas no resplandecían como al principio, la noche ya no era la misma.

Amanece. No ha podido dormir. Hace días que vive aislado, como el resto del país. Necesita salir a comprar cosas, pero a su edad el virus es peligroso y prefiere resguardarse. Sube a la terraza para tomar un poco de aire fresco. Contempla una ciudad paralizada y vacía, como ha pedido el presidente, eso lo satisface. De golpe se percata de la fecha. - ¡ Es 24!... la puta madre es 24!- exclama en voz alta y tomándose la cabeza. Su memoria es buena, solo que la actualidad abruma. Se tranquiliza. Se arrima la baranda y observa la esquina donde la vio por última vez. Nunca supo su nombre o destino, pero sí quién era. Y mientras el sol corona el cielo por completo repara en que ya no se cree el dueño del mundo; ni desea serlo, menos en estos días de pandemia. Y aunque pudiese escapar del planeta, prefiere quedarse a dar batalla. Por ella, por él… por todos. La muerte, como en aquel entonces, ronde las calles... solo que ahora no distingue de ideologías.

Córdoba, 24 de Marzo, 2020

sábado, 21 de marzo de 2020

Historias con Coronavirus (1)

Sin escala, a la cuarentena

Luego de viajar a Estado Unidos, un lujo para Luciano, va derechito a la cuarentena. La pandemia del corona virus, viene de tierra lejanas y este adolescente puede alojar el temido virus.

Pobre Luciano (Foto de la web)
Escribe:
Hugo Alberto Cammarata

Miami - Santiago - Córdoba, intrincada escala para hacer la diferencias monetarias.
Afuera del aeropuerto, la familia, lo saludaba a la distancia, con los brazos extendidos.
Mamá y papá con el auto en marcha están presto para llevarlo al hogar ,el nene que tiene 22 años, prometió portarse bien y cumplir la cuarentena al pie de la letra. Hubo que convencerlo porque Luciano, el nene, se negaba a cumplirla.


Papanatas
Con el barbijo de última generación, se sentó en la parte trasera del auto, los papis también llevaban puesto sus respectivos barbijos y antiparras de buceo.
Todo transcurría en paz, la alegría de recién llegado se le notaba en los ojos. 
Pero la promesa de buen comportamiento se rompió a un par de kilómetros de la estación aérea. 
-¡Que haces papanatas! - Gritó el padre al tiempo que estacionaba con el freno de mano. En un ademán el nene, apretó la tecla para cerrar los vidrios de las ventanillas.
-Así empezamos mal - le recriminó la madre, ajustándose las improvisadas antiparras.


Luciano se acurrucó en el asiento. La cabeza a mil revoluciones. “Tanto laburar, juntando moneda a moneda, ¿para qué?. Tenía mucha ganas de contar las aventuras y peripecias que había vivido en el país del norte, mostrarle los recuerdos, las cicatrices, las fotos, sí, las fotos de papel, a su seres queridos” pensaba, mientras movía la mandíbula de aquí para allá. 
Era cierto, el muchacho, es un trabajador del volante, pertenece a la clase media trabajadora, no le sobra la plata y viajar al exterior, no es cosa de todos los días y menos para su rango social. Y por si esto fuera poco, no podía ver y acariciar a su novia, sólo se verían por Whatsapp


De repente, sintió que la saliva se transformaba en espuma, que desbordaba el bozal. Sintió que se ahogaba. ¡Que bronca tengo! -gritó- y de un tirón se quitó la “maldita” mascarilla, y escupió, por la ventanilla, parte del escupitajo, por extrañas razones se pegó al parabrisas del lado de adentro. Le temblaba todo el rostro, los ojos desorbitados. Esta vez el papi, no frenó de golpe, paró el auto en el cordón de la vereda. Mirando al hijo con compasión, atinaron a acariciarlo pero con ademanes, a dos metros de distancia, como estipulan las normas. El padre, pacientemente abrió el baúl, sacó un alcohol en gel y se rociaron mutuamente. La mami cumpliendo con su obligación auto impuesta, lavó el vehículo por dentro. Luciano durmió plácidamente. 


Hogar, dulce hogar
El adolescente tardío, entró a la casa dando brincos, lo primero que hizo fue tirar el barbijo que los ahogaba. Entro al baño de la familia, no hubo tiempo de frenarlo, ese baño no estaba destinado al recién llegado.
¡Nene! Gritó - la mamá enfurecida - vos tenes tu habitacion y tu baño, así que durante quince días, no salís de ahí - le ordenó severamente-
Luciano agachó la cabeza, pensó un ratito y finalmente dijo: -Volá, ni pienso meterme en ese “agujero”.
Los rostros lívidos de los progenitores, se crispaban mientras el hijo se acercaba rápidamente para abrazarlos. -¡Pará! le ordenaron a coro, - mientras miraban la puerta de reojo - al insistir con el abrazó la madre agarró su bolso de mano y salieron huyendo  de la casa. 
El nene, cerró la puerta. Un nudo en la garganta lo atravesaba como un estaca.

-Bueno… catorce días pasan volando.

Córdoba, 22 de Marzo, 2020

Historia de Coronavirus (6)

Información sobre como prevenir el Covid-19 “El amor en tiempo de cuarentena” Escribe: Hugo Alberto Cammarata Patricia, sintió frío. En semi...