Mi primera iniciativa privada
Mi Primera Iniciativa Privada
La misma mujer que en algún momento me acarició tan dulcemente, ahora me intimidaba con una tremenda severidad. Enseguida supe que mi conducta había traspasado un límite y no tardé en sentir vergüenza.*
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| “¿Ustedes quieren ir en penitencia?” |
Franco Tomassich - Córdoba - 19 de Abril, de 2017
Corría el año 1999 y cada tarde en el jardín era igual que la anterior. Cierta vez, durante una clase de música me sentí contrariado por tener que compartir actividades que no eran de mi interés con una masa de infantes analfabetos. En verdad lo eran y así los veía yo, que había aprendido a leer un tiempo antes por cuenta propia y ante la incredulidad de mis señores padres. Por éstos y otros motivos mi estadía diaria en el jardín me incomodaba. Me molestaban algunas presencias, como la de Mariano que no hablaba nunca o la de Federico que se reía para adentro. En algún momento de esa clase de música pensé que no merecía estar ahí. Deseaba desentenderme del grupo que en aquella ocasión era obligado a cantar y a copiar estúpidos ademanes de una señorita, que para mí no representaba autoridad real. Me negaba a participar y se me ocurrió que para eludir ese contexto musical adverso debía ponerme en penitencia. Minutos antes, había visto como Fernando había sido enviado al rincón, desde donde ahora registraba pasivamente toda la situación. A mi entender, él había salvado su mente y su cuerpo de la clase de música y el rincón se me ofrecía como una oportunidad de libre albedrío mental para pensar e imaginar lo que yo quisiera. Pero para poder lograr lo que Fernando había alcanzado, iba a tener que soportar la vergüenza de ser condenado al rincón ante la punzante mirada pública. Supe identificar que Federico, que estaba a mi lado, podía ayudarme a compartir la culpa y el sentimiento vergonzante. Nuestro diálogo, fue más o menos el siguiente:
Yo - Querés que no hagamos nada así nos mandan en penitencia con Fernando?
Federico- Bueno, dale. (sonrisa)
Luego, simplemente dejamos de participar y no hicimos caso a las indicaciones de la señorita, que tras una primera advertencia nos dijo: “¿Ustedes quieren ir en penitencia?”
Contestamos afirmativamente moviendo la cabeza.
La señorita, no advirtiendo nuestras expresas intenciones, nos condenó a aislamiento rinconero hasta el final de la clase, tal como yo lo había imaginado. Federico en una punta de la sala y yo en otra. Inmediatamente, Fernando fue salvado. No recuerdo quién ocupó su lugar en el espacio físico.
Cuando sonó el timbre, mi emoción estalló. Mi simple estrategia había funcionado y con Federico abandonamos la sala corriendo y a carcajadas.
Todo parecía haber sido un éxito, porque ignoraba la capacidad de los centros de encierro para absorber cualquier atisbo de libertad. El peso de la autoridad no tardó en caer nuevamente sobre mí. En medio de la corrida y de las carcajadas, la seño Cecilia, con quien compartíamos la mayor parte del tiempo, vino a dar fin con tanto libertinaje. Ésta vez, toda su amabilidad había desaparecido, se nos presentó con semblante furioso y nos gritó ferozmente. Nos advirtió con mucho enojo que no podíamos reír, ni estar contentos, porque veníamos de una penitencia. Me recuerdo en el baño, después de eso, sintiéndome como si hubiera cometido un crimen. Nunca entendí porqué tuve que pagar dos veces por lo que hice.
Siempre creí que mi castigo debería haber terminado con una penitencia en el rincón.
*Cometemos una digresión (con mucho gusto) con respecto al estilo del “El Apócrifo”
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