Flores rosas para un vestido rojo
“(...) toda identidad se genera y constituye en al acto de narrarse como historia, en el proceso y la práctica de contarse a los otros. Que es de lo que nos habla la preciosa polisemia en castellano del verbo contar. Pues contar significa narrar historias pero también ser tenidos en cuenta por los otros, y significa además hacer cuentas. En ese sólo verbo tenemos la presencia de las dos relaciones constitutivas. En primer lugar la relación del contar historias
con el contar para los otros, con el ser tenidos en cuenta. Ello significa que para ser reconocidos por los otros es indispensable contar nuestro relato, ya que la narración no es sólo expresiva sino constitutiva de lo que somos tanto individual como colectivamente.”
-Jesús Martín Barbero 2007-
Un nuevo narrador se suma al “Apócrifo”, se trata de Gastón Lippi, estudiante de la Facultad de Ciencia de la Comunicación (F.C.C) de la Universidad de Córdoba (U.N.C) a quien damos la bienvenida.
A continuación su narración.
Flores rosas para un vestido rojo
Laurita, como le decía su madre cuando se tomaban unos mates, todos los días regresaba tarde a la pensión. Apenas cruzaba la zona del Abasto, recién allí sentía que podía soltar el aire que aprisionaba en la panza. Los nervios le tenían enredados los intestinos porque no era fácil andar por el centro sin que nadie le grite algo o se cambie de vereda. La Tana me mira como despidiéndose de la vergüenza por llorar, Laura era su amiga, estamos sentados en la punta de la cama y yo la escucho atento apenas recostado en el respaldar. Desnuda ella y desnudo yo. No hicimos el amor, estuvimos a punto pero ella rompió en llanto. Mientras tanto, Laurita sigue bañando de colores la oscuridad de calle La Tablada.
Laura Vasconcello nació en Villa Huidobro, un pueblo que apenas se asoma en la llanura del interior. Terminó el primario siendo escolta de la escuela e hizo el secundario mientras su padre repartía diarios y su madre cocía volados de los pantalones, achicaba camisas y hacía muy bellos cuellos (con ballenitas para que no levantasen vuelo). Así fue que aprendió la costura y desde niña se probaba los vestidos que le encargaban a la familia. Pasaba horas frente al espejo, ponía el reproductor de casetes y giraba en círculos frente a la cama escuchando esa música pop de los ochenta. Pero lo que más deseaba era mostrarle al Ramiro cómo le quedaban sus hombros cuando el sol le caía por el bordado de lentejuelas que llegaba hasta a su cintura. Se sentía tan bien entre esas ropas, se reflejaba en el espejo y su pecho brillaba por toda la sala, algunos vecinos decían encandilarse por sus colores cuando pasaban por enfrente. Entonces ella terminaba de mirarse y encaraba hacia la vereda.
- ¿A dónde vas?
- Quiero ir a dar una vuelta mamá.
- Pero tu padre no vino todavía…
- Me dijo que podía ir a juntarme con Ramiro y sus amigos.
- Pero así no, andá a cambiarte por favor.
Tanto fue que renegó por los vestidos que apenas se hizo mayor salió del pueblo, escapó para usar en paz sus faldas cortas. Pero todo le costó, quizás el doble de haber aceptado la palabra de su madre, aun así siguió apenas pisó el andén de una capital que devoraba todo a su paso. Deambuló tres noches y cuatro días, la Tana sabía el tiempo exacto porque cuando Laura se emborrachaba le repetía siempre la misma historia. Acaba de prenderse un cigarrillo, sigue desnuda y sentada en la cama, yo apenas me tapé hasta la cintura por mi penosa verguenza. Me invitó una seca y le dije que no fumaba, entonces ella se echó hacia delante y empezó a aspirar el humo como un rinoceronte. A Laura la conoció cuando la vio vagar por las cercanías del mercado una madrugada de julio a la que todos le escapaban. Le preguntó si estaba perdida pero ella se volteó y se fue hacia atrás, la Tana le avanzó y le puso una mano en el pecho.
- ¿Qué pasa? ¿Nunca viste una mina así?
- No. Es solo que no estoy acostumbrada, tenés puesta una pollera con este frío.
Las dos se rieron. Cuando la Tana me contó esto yo sentí que estaba por llorar, se había quedado mirando la pared de enfrente mientras le hablaba fijo. El maquillaje le gotea por sus pequeños pechos, resbala en los dos pliegues de su panza y cae hasta su pupo donde arma un negro lago de rímel. Laura deambulaba por todo el centro, de local en local buscando algún trabajo y durmiendo a escondidas. Cada vez que pensaba en sus vestidos sentía que el alma le estallaba de alegría impiadosa. Felicidad, el breve instante que anhelan las personas solas. Entonces la ciudad la fue mandando cada vez más hacia el costado, como hacen los viejos que barren, esta cosmopolita del interior saca a relucir sus trapos conservadores y mete bajo la alfombra aquello que la impresiona. Que la hace distinta. Por eso Laurita fue rebotando desde avenida Perón hasta el Duarte, y desde allí la misma gente se encargó de acompañarla hasta la Colón. El límite con la barbarie, ese trazo entremedio con el río es un terreno civilizadamente prohibido, donde la moral de todos va a esconder sus pecados en silencio. Córdoba tapa lo que le incomoda y elige a quién la mata. Ahí se cruzaron las dos, una perdida y la otra encontrando. La llevó a su casa, estaba pálida por el frío y temerosa por la noche. Al día siguiente le consiguió un lugar en la pensión, un mono ambiente de paredes amarillentas con un balcón que da hacia la calle. Lo que pasa en el lado oculto de la ciudad es que todo se hace mucho más fuerte por el dolor. La Tana se quedó callada, mira cómo la ceniza le cae entre los dedos del pie, noto que aprieta su mano como guardándose algo.
- Fue ese asqueroso, pero no me dejaron contar nada. Me echaron de la comisaría.
Laura empezó a laburar en una panadería del centro, algo sencillo que le permitía costear la pensión y llevar las cosas al día. Regresaba tarde, cansada y temiéndole a la calle, incluso después de varios meses siguió sintiendo lo mismo. Dejó de tomarse el colectivo porque siempre estaban los que se espantaban, y también los que le tocaban las piernas cuando ella se paraba a su costado. Le gritaban que se anime, que se deje tocar un rato. Total era trola. Empezó a regresar caminando por las cortadas del centro, las familias se cruzaban de vereda y los tipos le avanzaban pidiéndoles una teta al descubierto. Todas las madrugadas lloraba y la Tana la recibía calmándola. Por las mañanas sentía que el sol le quemaba los talones y en bombacha se cruzaba por todo el pasillo de la pensión que lleva hacia el baño. Al rato aparecía desde el balcón luciendo alguno de sus vestidos, desde abajo la gente la miraba, ella se reía, la calle por única vez se teñía de colores. Así lo conoció al tipo, era empleado en uno de los locales de compra venta que estaban frente a la pensión. Durante varias semanas salía a ver a Laura que se lucía apoyada en la baranda de hierro con sus ojotas y tomando mate. Ella se dio cuenta y en una de esas el tipo le tocó el timbre. Laura se puso una bata y lo recibió, le preguntó su nombre, se juntaron, pasaron los meses y nunca más salió por el balcón. La Tana se toma la nuca y me cuenta que en ese tiempo estuvieron peleadas, le repetía que el tipo no le cerraba, que no tenía por qué dejar de mostrar los vestidos si era lo que le gustaba, que lo deje porque cada vez eran más grandes los moretones. La última charla que tuvieron fue la noche anterior y Laura le cerró la puerta en la cara. El tipo desde adentro del baño gritaba que se fuera.
Durante la mañana siguiente vio a Laura asomada en el balcón, tenía un vestido rojo que apenas le llegaba a la mitad de los anchos muslos. La Tana se acaba de levantar y empieza a cambiarse de a poco. El tipo se despertó y la llamó para que vaya a la cama, Laura se quedó mirando hacia La Tablada. Acaba de vestirse y deambula por la habitación, se hizo tarde y debo irme. Se abalanzó hasta ella y le puso una mano entre las piernas, lo empujó y le dijo que estaba cansada, que no quería coger. Me mira sentada, se puso un vestido rojo que le cubre solamente la falda, agarro mis cosas y le llevo la plata hasta la mesa. La tomó del brazo y cerró la ventana, ella se asustó y corrió hacia la puerta pero el tipo la agarró del pelo (los gritos se escucharon en toda la pensión). No quiere recibir la plata, se ríe porque no hicimos el amor y solo nos abrazamos. Él la tiró de espaldas y empezó arrancarle el vestido, Laura logró darse vuelta y de una patada lo corrió. Le agradezco por contármelo, nunca antes vi a una persona tan desnuda. Entonces se levantó y le partió la cara de un golpe, se le tiró encima y la tomó del cuello. Laura se puso violeta, la vena de la frente se le hinchó y empezó a empujar las sábanas con las piernas. Nos despedimos en silencio, la escalera de la pensión en demasiado pequeña para bajar de a dos. El tipo la estranguló, la dejó muda con su medio cuerpo sobre el colchón. Al salir miró hacia arriba y la Tana está en el balcón, fuma mientras mira la calle desde la baranda con su vestido. Y Laura, Laurita, murió entre las manos del tipo, violeta del susto que le fue quitando su brillo, porque para el mundo las travestis nunca saben decir que no.
Silveria
Córdoba 13 de febrero

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