Un remolino de nietos y bisnietos se arremolinan junto a Beatriz

Un remolino de nietos y bisnietos se arremolinan junto a Beatriz

Una crónica familiar, en una situación límite que se presenta en la vida, 
cuando esa misma deja de existir.

El cuadro, lugo tomado como "souvenir"

Preludio
En la madrugada insomne, el frío recorre las escaleras y se escapa por las rendijas de un ventanal de vidrio del tercer piso. El hall que antecede al ingreso de la Unidad de Terapia Intensiva (UTI) del Sanatorio Privado Santo Tomás, permanece en silencio, solo voces jóvenes que se alejan escalera abajo. Puertas adentro el personal vestido enteramente de blanco, discurre los minutos, solo alterado por el pitido de una vida que se va. Beatriz intenta alcanzar a esos jóvenes que se pierden en el pasillo. Su rostro no denota sufrimiento, una leve comisura daría la impresión de alegría. Una planilla pide la fecha y la hora del fallecimiento: 08/06/2018 - 02:45 a.m.

Los primos
Todavía no ha despuntado el sol, pero todo hace prever que el astro sol iluminará gran parte del día entre las nubes. La terminal de ómnibus recibirá con los brazos abatidos a dos nietos, a una hermana y a una sobrina, todos ellos, de la fallecida: Beatriz.
 

La claridad entra por la ventana, los habitantes de ese departamento dan la bienvenida a Pablo, llegado desde la C.A.B.A. Un lamento perfora las paredes, Casandra, joven con el síndrome de down, explota en llanto cuando se entera de que la “señora”, como ella la reconoce, ha muerto. Con los ojos enjugados de agua salada, señala el cielo y pronuncia: “nunca más” (la veré). Con el transcurrir de los minutos el comedor se atiborra de algunos primos, que velaran a la abuela. El mate mitiga el frío que no cesa. Sobre la mesa del comedor, miles de fotografías traen el recuerdo del tiempo pasado, entre anécdotas y risas se disipa el momento de la ceremonia. Entre esos recuerdos un tímido papelito, aflora entre las fotografías, escrito con lapicera, se lee; “Tu y Yo” firmado Lalo.

Los autos ronronean, algunos retrasados niños con guardapolvos blancos, pasan presurosos rumbo a la escuela, distante cien metros. Roxana llega exhausta portando un par de cuadros de Beatriz, que “decorarán” la sala de velatorio, en el centro de la ciudad. En uno de esos cuadros se la puede ver sonriente, portando un sombrero campesino y en el otro se la ve junto a quien fuera su marido en vida “el Lalo”.


Los nietos
El negocio con los muertos, es vivaz y exuberante, como lo denota esta empresa de servicios fúnebres: “Caruso”. Esta sede está situada en calle 27 de Abril al 1.000 contigua a otro imperio, el colegio de San José, de la hermanas Domínicas. La entrada vidriada, un mostrador y una cartelera, anuncia en donde se encuentra la sala en donde las exequias de Beatriz, serán veladas. Un ascensor al fondo de la estancia, lleva a la habitación mortuoria.

Sala G, letra escrita sobre vidrio simil biselado, abajo, pegado al traslúcido un papel adhesivo con el nombre de la finadita E. Beatríz M. La antesala espera dispuesta con bancos de “plástico” a lo largo de las cuatro paredes, apoyado sobre el piso de cerámico blanco, un ventanal sobre el fondo, desde donde se aprecia la ciudad vista desde atrás. Contrario al ventanal a la derecha un pasillo comunica con la salita donde está el ataúd, una cruz de madera, sin el cristo se apoya sobre la pared. Algunos familiares en derredor miran como hipnotizados el cuerpo inerte. Una ventana domina el recinto, da hacia un patio interno, y al costado un ascensor grita “uso exclusivo para el personal de la empresa”. Antes de llegar a esta salita, a la izquierda, hay dos pequeños cubículos, están destinados al sector servicio, donde algunos parientes desayunan, también hay un baño con un espejo y sobre la mesada un celular que revive inmóvil.

La sala de estar se va poblando, los saludos se suceden, los reencuentros se dan sin solución de continuidad. Es una especie de limbo, en donde la charla amena y las sonrisas se dan de continuo, en el pasillo que comunica con féretro las caras se desencajan, la angustia predomina, ojos colorados, aferrados a la madera. A Beatriz, no se la llevan de aquí, parecieran gritar a coro. En el pasillo que medía, entre estas dos tristezas está Mirella, venida del litoral, de aspecto rechoncho, de hablar hasta por los codos, aunque esta vez primó el silencio, al lado de ella la hermana de Beatriz, Gladis, luce de acuerdo a las circunstancias, apenas supo de la gravedad tomó el primer ómnibus desde Santa Fe.

La siesta avanza, a paso firme se aproxima el primogénito hacia el cajón, precedido por Silvia, quien anuncia la realización de una ceremonia “laica”. Hay que recordar que la finada era muy creyente, más de la mitad de su vida (83 años), llevaba la “palabra de Jesús” a quien quisiera escucharla. Alberto, tomó entre su manos un libro negro con ribetes dorados. Donde se podia leer claramente “El Mensaje de Silo”. Entre movimientos de manos señalaba la caja de madera, en donde encontraba el cuerpo de su madre. “Este cuerpo no nos escucha. Este cuerpo no es quien nosotros recordamos…” repite con énfasis y continúa ”Esta cadena de acciones desatadas en vida no puede ser detenida por la muerte.” y sobre el final subraya “Y aquel que siente la presencia de otra vida separada, considere igualmente que la muerte solo ha paralizado al cuerpo; que la mente una vez más se ha liberado triunfalmente y se abre paso hacia la Luz…” y finaliza “¡Paz en el corazón, luz en el entendimiento!”

La despedida
Las cinco de la tarde anunciaba la no esperada despedida, un remolino de nietos y bisnietos se arremolinan junto a la caja mortuoria, se sujetan a la mortaja blanca, debajo se puede apreciar la ropa que en vida usaba, entre esos pliegues miles de barquitos, estrellas de papel, que llevan impregnados mensajes de amor, que los presentes habían escrito, para obsequiarle a ella que ya no está. Daniel el más sentido y consentido por su abuela, está borrado en lágrimas, Viviana la primera nieta clama y da testimonio sobre la abuela. Se suceden oraciones, cánticos y ruegos.


Los fieros guardianes, ordenan que se desaloje la sala. Para ellos la rutina del día, llega a su fin, helada la sangre proceden a soldar el cajón, el antimonio es rápidamente absorbido por el perfume lavanda de los dispenser automáticos. Una vez concluida su tarea, toman sus herramientas y desaparecen en el ascensor privado, junto al féretro.

Los restos mortales se dirigen hacia una localidad cercana, en donde se cremaran para luego esparcir sus cenizas en las inmediaciones de la Ciudad de concepción del Uruguay, donde vivió su adolescencia y en donde contrajo matrimonio junto a Eduardo, hombrecito muy delgado, con bigote colorado apenas pronunciado. Paraná fue su cuna. El destino la trajo a Santa Fe y con ello, trajo al resto de la familia, con los años su última ciudad fue Córdoba, rodeada de todos sus hijos, cinco en total.

A modo de epilogo
Beatriz era una persona desposeída, nació pobre y murió un poco menos pobre. La suerte le fue esquiva, le arrebataron dos herencias y una tercera quedó en el limbo de la indiferencia. Pero ello no le quitó las ganas de vivir solidariamente. Abrió los brazos a una hija del corazón: Roxana y también de ayudar con lo poco que tenía a quién se lo pidiera, tanto materialmente o con la palabra. Alojó en su casa a medio mundo. A pesar que no poseía nada de valor, los buitres dieron vueltas al cuerpo aún caliente. Mirella dió vuelta y vuelta, algún recuerdo se quería llevar, y asestó el golpe, cuando Roxana la cruzó en el camino, al igual que caperucita encontró al lobo en el bosque. Roxi tiene discapacidad intelectual y mediante embustes y palabras logró tomar dos cuadros, que no le pertenecían, a lo que ella calificaría de cuadros de mierda, cuando se intentó rescatarlos.

“De todo hay en la viña del Señor” solía repetir Beatriz ante la adversidad de la vida. Y en esa viña están los nietos, y los hijos de los nietos, que supieron devolver el cariño de distintas maneras. Como quedó demostrado en aquella guardia en los últimos suspiros y luego en el cortejo fúnebre, continúo en los días posteriores: organizando las cuentas, inclusive reuniendo el dinero para pagar los servicios, y cuidar los pocos bienes que poseía. El destino de Roxí, también es tarea de estos solidarios “primos”. Hay un dicho popular que dice: “una de cal y otra de arena”.

A modo de Epilogo (2)

Luego de haber transcurrido dos meses de la muerte de Beatriz, Mirella recapacitó debido a la presión familiar; devolvió el cuadro con la fotografía de la difunta. Las cosas volvieron a su lugar.
Hugo Alberto Cammarata
Córdoba, 10 de Julio de 2018

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