Doña Lola, la "matrona" del pueblo, encarcelada por practicar abortos a las vecinas del lugar

Doña Lola, la "matrona" del pueblo, encarcelada por practicar abortos a las vecinas del lugar

Doña Lola, nombre ficticio para esta historia real, ocurrió en el sur de la provincia de Córdoba, Argentina, durante la llamada década perdida.

Foto: http://bit.ly/2VQIyiV
Escribe: Jesica R. Checa
 

Hace unos 30 años, una señora (Doña Lola) hacía abortos en un barrio humilde de un pueblo del interior de la provincia. Un día de fines de invierno una de sus usuarias se muere luego de realizarle un aborto. Corría la época del Plan Primavera y la Hiperinflación, de la yerba mate reutilizada, los pañales de tela, el arroz hervido, la hiperhinflación. El aborto es efectuado, pero algo sale mal y a los pocos días una infección generalizada acaba con la vida de la jóven mujer, que tenía ya otros tres hijos y un marido. 

Al poco tiempo llega la policía con gran revuelo a la cuadra y hacen un allanamiento en la casa de la presunta matrona, como se le llamaba en aquel pueblo a las mujeres que hacían abortos clandestinamente. En medio del griterío y en un acto de innata sororidad, una vecina pone a su resguardo a la hija más pequeña de la mujer y luego la cuida durante los meses que dura el encierro de su madre, pese a que apenas la conocía porque recién se mudaba. El padre de la niña trabajaba lejos en un campo y sus hermanos mayores, no lo eran tanto como para hacerse cargo de ella. 

Dicen que los policías encontraron jeringas, tallos de perejil, algodones y agujas escondidas detrás del retrato de la hija. Se la llevaron presa a la cárcel del Buen Pastor, el centro correccional de mujeres que funcionó durante más de cien años y que fue centro de reclusión de presas políticas durante la última dictadura militar, allí donde hoy hay un concheto centro comercial y gastronómico y los jóvenes estudiantes universitarios del interior que habitan Nueva Córdoba, toman coca y mates lavados hasta que descubren nuevos lugares donde recrearse. 

Al tiempo cuando cumple la totalidad de su condena y regresa al pueblo, ella no habla del tema con nadie, sin embargo sus vecinos bien saben que los meses de cárcel la han vuelto una mujer nueva, sumisa, buena esposa y buena madre. 

Cuando se cumple el primer aniversario del trágico hecho, le llega una carta que tan solo contenía el dibujo de un loro, tal era el apodo del marido de la chica muerta. Esa suerte de advertencia y recordatorio se repetiría año tras año durante mucho tiempo hasta que un buen día simplemente cesó, sin embargo el alambrado de la estigma social la rodearía para siempre. 

Con el tiempo enviudó y en 30 años envejeció lo suficiente como para quedarse sola y loca, envuelta en delirios que aunque bien medicados, cada tanto le hacen gritar pidiendo ayuda porque siente que le apedrean las ventanas y la tienen secuestrada.                                                                            

                                                                     Córdoba, 10 de Marzo, 2019



 


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