La Sociedad

La Sociedad

-Abuelo, soy Casandra, abrime por favor. (foto de la web)

La Sociedad funcionaba en una galería clausurada del mercado norte. Los socios ingresaron por  la puerta pequeña de una reja de esas que protegen la entrada de los comercios. Hay locales a ambos lados del pasillo vacíos, otros con ópticas venidas a menos y técnicos de celulares y electrodomésticos. La tarde es de julio en pleno invierno y hace frío, y aunque son las seis , relativamente temprano como para ser tarde, ya es casi de noche. 
En el lugar, pocos de los viejos socios de la sociedad son los únicos asistentes a  la charla debate sobre la película que será proyectada. Para tal fin, se han dispuesto algunas sillas de tapizado bordó. Una estufa eléctrica de dos velas ambienta la deprimencia del lugar donde se ven exhibidos varios libros de desconocidos escritores locales con portadas translúcidas y cuadradas diagramaciones.
 Un banderín celeste y blanco cuelga de un estante con la inscripción “¡Ay, patria mía!”
Un plato de galletitas dulces, pálidas y aburridas, es pasado de mano en mano entre los 5 o 6 asistentes que se dirigen los unos a los otros por el nombre de sus profesiones: “Hola ingeniero!, ¿cómo le va licenciado?, la profesora preguntó por usted”.
 Un hombre bajo y flaco de gris vestimenta hace café y té a elección que reparte en unos diminutos vasitos plásticos   como dedales, que luego quedan decorando la pequeña mesa donde se apoya el proyector. Lo más moderno y tecnológico que hay en la sala es una computadora portátil no muy fácil de utilizar para su dueño, quien cada tanto recibe precisiones por parte de uno más ducho que él. Se apagan las luces.

La película de los los 50 empieza rápidamente.
 El protagonista es un jubilado anciano de pelo blanco con un perro pequeño y tierno que no puede pagar el alquiler de su pieza. De vez en cuando es ayudado y visitado por una gentil sirvienta que está embarazada y cuyo hijo es de dos posibles padres, mientras la dueña del lugar intenta desalojarlo.
La película transcurre lenta. 
Un viejo gordo, pelado y pálido se adormece sobre su papada, sus manos sosteniendo su panza como para que no se caiga. De vez en cuando algunos ríen ante las pequeñas cuotas de humor que tiene la triste película y él despierta con cara de no saber dónde está.
Una hora y media transcurre con lentitud.

Más tarde a la salida, las paradas de colectivo de la cuadra están repletas por el regreso a casa luego de la jornada laboral. Los miembros de La Sociedad se despiden en la puerta pequeña de la reja: “Adiós ingeniero, hasta luego licenciado, espero verlo pronto, Doctor.”
 El anciano gordo que se dormía, camina una cuadra hasta donde tiene el auto y conduce por un rato hasta una estación de servicio, compra caramelos de menta, le sonríe y piropea a la kioskera. 

Un rato después, pasa de nuevo por el frente de la Sociedad y  en la esquina del mercado norte ya está parada  la primera prostituta transexual. El anciano gordo mira primero, asegurándose de que nadie conocido lo vea y  le pregunta el precio por sexo oral. La chica trans se lo practica en el mismo auto, a cuadras, en un claro de la costanera mientras los autos pasan cerca a gran velocidad. El anciano le toma el pelo oscuro y se saborea con el espectáculo. No tiene erecciones, pero le gusta igual al tacto, los rostros firmes y jóvenes contra su fláccido atributo, el roce fuerte y húmedo en la piel suave y amarillenta.  

El anciano vuelve pronto a su casa, nadie lo espera. La noche transcurre con inquietante tranquilidad, su cuerpo en calzoncillos se desvencija dentro de las amarillas sábanas, unos gatos cercanos maúllan; lo último que mira antes de apagar el velador es una foto de sus dos  nietos varones cuando eran niños.

Al poco tiempo de apagarse la luz, alguien toca su puerta. El viejo intrigado enciende el velador, se viste con una bata y sale a abrir. Pregunta quién es y nadie contesta. Vuelven a tocar, vuelve a preguntar quién es y una voz leve y quebradiza responde desde el otro lado.
-Abuelo, soy Casandra, abrime por favor. 
El anciano abre de inmediato. Es una chica trans, su nieta.
La joven ingresa a la casa bajo la mirada perturbada del viejo, que no deja de preguntarle qué le ha pasado, a juzgar por su ojo hinchado y rojo, su caminar adolorido, las heladas manos agarradas como hermanas con miedo. 
-Necesito quedarme esta noche, no tengo dónde ir.
-Podés quedarte, pero sólo por hoy, te lo pido por favor, no quiero tener problemas con tu padre. 
-Gracias abuelo. 

En una terraza vecina, dos gatos se baten en una lucha a muerte por la concepción. Un disparo de aire comprimido zumba, el gato macho cae y rueda sibilando sobre la loza. La gata observa agazapada. La luna es nueva y está nublado.

La madrugada arropa con su frío a quienes duermen y trabajan en la calle; la reja pequeña de la sociedad estará cerrada hasta la semana próxima.
 En la esquina unas travas se ríen en compinche amistad, meneando sus caderas desnudas al parecer inmunes al frío. Casandra no está allí pero sólo por hoy, hasta que se recupere de la golpiza.
 El abuelo apaga nuevamente su velador, la foto de los dos niños se oscurece y al cerrar los ojos piensa en qué hará si su hijo se entera de lo que hizo hoy. 

Jésica Rita
Córdoba 29 de Septiembre 2019

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