Covid-19: entre la fachada y el abismo




Covid-19: entre la fachada y el abismo


Hugo Alberto Cammarata

La Covid-19 discurre por la ciudad de Córdoba, de un modo zigzagueante. Entre las declaraciones públicas de los funcionarios y la realidad de las calles. En este contexto ocurren historias, es el caso de Ofelia, que demuestra que “Del dicho al hecho, hay un gran trecho”.


Entre la fachada y el abismo

Ofelia, supera los ochenta años, es viuda, vive sola en un departamento en el centro de la “Docta”. Sin familiares directos cercanos, sólo algunas amigas comparten la soledad de todos los días. Ella comenzó con algunos síntomas pasajeros, como la tensión arterial, a la que le restó importancia. La atención con su médico de cabecera, se produciría recién a la semana siguiente. En el ínterin decidió atenderse con el dentista, ya que tenía algunas molestias.

Una de esas amigas se llama Teresita, veinte años menor que Ofelia, quién se interesó por el bienestar de su amiga, y mediante audios de WhatsApp, se enteró que la salud de Ofelia, comenzaba a empeorar lentamente. Para animarla la invitó a almorzar. Preparó un pastel de papas. Ofelia probó apenas un par de bocados, no tenía fuerza ni para levantar el tenedor. Luego de ese encuentro, Teresita quedó muy preocupada. Revisó en los contactos de su mensajero, donde encontró a Juan Francisco, hijo de la enferma, residente en Europa. Desde ese lugar tan lejano, Juan intentó infructuosamente comunicarse con el servicio de emergencia. Rápidamente decidió que la socorriera un nieto que vive en la Ciudad autónoma de Buenos Aires, pero éste demoraría su llegada.

Ante la gravedad, Teresita se apersonó en el departamento de la infortunada. “Estaba hecha un piltrafa” recordaría su amiga. Sin más trámites, llamó al servicio de emergencia. El facultativo, que la revisó, observó que tenía un dedo morado. El mismo tenía una alianza de casamiento que Ofelia atesoraba con devoción. Así que le recetaron medicamentos para ese cuadro. Al día siguiente, la abuela seguía mal, le costaba respirar, tenía temperatura corporal fuera de lo común. Una vez más la amable amiga, la acompañó a una clínica cercana ubicada en un centro comercial. La médica, dictaminó que la anciana pasaba por un cuadro depresivo. Salieron del consultorio con gusto a fósforo. Teresa recordó que enfrente al centro comercial “O!”, existía una carpa sanitaria, ubicada en la plaza Agustín Tosco, donde realizaban hisopados para detectar la presencia del fatal virus. Luego de esperar a la intemperie, el test dio positivo. Ante esta nueva situación “a la tere” le hicieron la prueba, pero felizmente resultó negativo. ¿Y ahora qué hacemos?. El personal sanitario, alegó que su tarea consistía en hacer las pruebas y extender un certificado con el resultado, más no podían hacer. A Teresita, no se le pasó por la cabeza, dejar a la malograda amiga, sentada en un banco de la plaza, todo lo contrario, regresaron como pudieron al consultorio de la médica. Esta revisó los análisis, garabateo en un recetario un par de medicamentos. “Ofelia vive sola… ¿Podrían internarla?, sugirió, la doctora detrás de la escafandra, les dijo, palabras más, palabras menos: “Ese no es mi problema”. Desvalidas salieron del lugar, donde el dinero prima sobre cualquier cosa.

Al otro día llegó el nieto que se alojó en el hotel cercano y asistió a la “nona” en la alimentación diaria, siempre con las precauciones del caso, no tocar nada, inclusive aguantar la respiración, hasta el límite.

A los pocos días llegó Juan Francisco, desde el viejo mundo. Con la misión de alojar a su madre en una residencia para adultos mayores, con la promesa de que en un par de meses saldría de ese lugar de cuidado, para regresar a su hogar.

Gracias a Teresita, hoy Ofelia puede “contar el cuento”. Dos médicos, no tuvieron la sagacidad de buscar el origen de la enfermedad. Estamos en la peor pandemia, los ancianos están clasificados como grupo de alto riesgo. El médico de emergencia, dictaminó solo por una evidencia, luego se supo que Ofelia, en su confusión se había resbalado cuando bajaba las escaleras. La médica, tampoco recomendó la prueba de Covid-19, primó el diagnóstico de salud mental. Y cuando comprobó la existencia del virus, la dejó a la suerte de Dios. “Ese, no era su problema”. Y el sistema sanitario público, es burocrático, o sea, son compartimentos estancos. La construcción de la atención en la pandemia, es una fachada, detrás de eso está el abismo.

Córdoba 09 de Marzo, 2021

Comentarios

  1. La burocracia en salud es un certificado de defunción... Qué lamentable que esto suceda con la ancianidad!

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    1. Imagínate que Ofelia* tiene un buen pasar, que le queda entonces, a los desposeídos.

      *Nombre ficticio

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