Andamiajes -1-

 "Escribir es más libre: pum, pum, pum.

Avanzo, avanzo".

"La mujer que no está"


Escribe: Hugo Alberto Cammarata

    María de los Ángeles Fornero, conocida en el ambiente como “María” a secas, es una escritora de perfil bajo, con un recorrido que transita lo nacional e internacional. Nuestro blog, Verita/Apócrifo, agradece su buena predisposición.

    Hubo una serie de enredos para concretar este encuentro, pautado inicialmente para el jueves 12 de febrero en la cafetería de la librería El Ateneo. Al ver que la entrevistada no aparecía, este cronista decidió mandarle un WhatsApp llamándole la atención por su ausencia. María había agendado el encuentro para el jueves 19; así lo reflejó con una foto de su agenda en su respuesta. Superada esa instancia, establecimos nueva fecha a la semana siguiente, pero en el transcurso de los días se decretó un paro general. ¿Qué hacer? Cambiamos de escenario: el Paseo Marqués de Sobremonte, detrás de la Municipalidad de Córdoba, sería el marco de la conversación. Cambiamos café por mate y encierro por aire libre. Pero al pisar el macrocentro vi que el paro no se cumplía en su totalidad; la librería estaba abierta. Pensé que este lugar era el adecuado, ya que en una plaza el contexto sería difuso. María aceptó el cambio con retaceo.

    Entró al palacio de los libros agitada. Dejó su equipo de mate a un costado, se sentó y advirtió: “Tengo muy poco tiempo, una hora o menos”. La Escuela de Psicología Social sería su próxima actividad. Sin precalentamiento, empezamos. María estaba al natural, vestida para un espacio libre; la ropa informal no desentona en esta casa del saber. Descubrí que tiene ojos claros, aunque no sabría definir su color por el resplandor de sus anteojos y la luz fría de la estancia. Un detalle que no se abordó por su premura fue la falta de foto en la solapa de su reciente libro, La mujer que no está. Como es usual en la industria, conjeturo que el anonimato de la solapa coincide con el título de la novela.

    La mesa del café está superpoblada: el café en jarrito de María, mi agua mineral, un libro de César Aira (La ola que lee) forrado en papel madera, una libreta abierta, una microfibra azul y un par de hojas impresas. Hay poca gente, tanto en la cafetería como en el salón. El empleado, que no se plegó al paro, luce contrariado entre las mesas de libros..

    Estamos sentados frente a frente. Arrojo la primera pregunta para romper el hielo, pero antes leo un fragmento de Aira sobre el arte de narrar: “...justificar o redimir con lo que escribo hoy lo que escribí ayer. Hacer un capítulo dos que sea la razón de ser de las flaquezas del capítulo uno... Mi estilo de 'huida hacia adelante', mi pereza, mi procrastinación, me hacen preferible este método al de volver atrás y corregir”.

—¿Vos te sentís identificada con esta idea de Aira de que la perfección es una trampa? —le pregunto.

—En primer lugar, creo que no existe la perfección —responde tajante—. Quien corrija buscando que algo sea perfecto... no existe, no es posible. La perfección no existe y menos en la literatura. Lo que existen son formas y necesidades de contar historias.

De fondo se escucha a un niño de tres años que juega. María ignora el ruido y sigue:

—Escribir no es para ser perfecto; si alguien lo hace para eso, la pifia. Escribo para tener el oxígeno a mano, escribo por necesidad, escribo por placer —enfatiza esta última palabra—, escribo también para dejar testimonio de mi época. Escribo porque necesito hacerlo al levantarme o al cerrar el día, aunque no se publique. Lo segundo: corregir hace al género humano. Todo el mundo está corrigiendo todo el tiempo —lo ejemplifica con la cocina, con mejorar el sabor de una comida anterior—. Cada escritor tiene su forma. Yo no le voy a decir a Aira que no corrija si él dice que no lo hace, sin embargo, seguramente vuelve atrás, cambia una palabra, hace una sintaxis diferente o sube arriba lo que estaba abajo.

—A vos esa etapa te produce sufrimiento, algo te tensa... ¿Es la parte más complicada? —le pregunto sobre la corrección.

—¿De corregir? —me devuelve.

—Sí.

—Me pone un desafío, no me tensa. Al revés. Cuando termino una novela sé que en la corrección está la fórmula de la imagen, las palabras exactas, sacar la adjetivación que sobra. Ese detenerte genera tensión, pero es una tensión disfrutable. Como la de una cuerda: la música suena mejor si la cuerda está en tensión.

Intento comparar el proceso de escritura con el de corrección, pero María me interrumpe antes de que termine el desarrollo de la pregunta: "Me produce más placer", sentencia. Continúo diciéndole que la escritura es más libre. Me "pisa" de nuevo: "Sí, es más libre". Sigo: "Después que vos tenés que corregir, se te presenta esa tensión de la cuerda... ¿No?".

—Sí. Me produce mucho placer renegar y preguntarme si esto es lo que quise decir, cómo el lenguaje puede acercarse lo más posible. Nunca podrá hacerlo del todo, siempre faltan palabras, pero busco ajustarlo a lo más cercano a lo que quería transmitir. Esa es la tensión. Escribir es más libre: pum, pum, pum. Avanzo, avanzo.

—¿La corrección te lleva más tiempo que escribir?

—En este caso (la novela nueva) tenía bastante claras las ideas, el tema, la estructura. Pero hubo una cantidad de cosas que tuve que releer previamente para ir a la ficción que quería armar.

En ese momento, un estruendoso ruido de una máquina de la cafetería invade el espacio. María tiene que elevar la voz para que el registro se mantenga.

—Esta novela hace como dos años que está en proceso —dice gritando sobre el estrépito— y ahora, en los últimos dos meses, encontró la salida del cuarenta por ciento que le faltaba.

La máquina no paraba de gritar. Hicimos una pausa obligada hasta que cesara el ruido.

¿Tiene nombre la novela? —retomo cuando vuelve el silencio—. ¿Empezás por el título o se lo pones al finalizar?

El nombre también es parte del proceso de escritura —explica María mientras un empleado comienza a dar golpes con un martillo en algún rincón del local—. El nombre sale de algo que tenga una significación particular en la trama. Por ejemplo, en La mujer que no está, Juan Maldonado me ayudó mucho a buscar el título.

¿Podés adelantar el argumento de la nueva novela?

El tema es cómo el patriarcado se apropia del cuerpo de una adolescente. A partir de ahí se produce un hecho trágico. Van apareciendo voces de otros personajes de la historia, de la literatura y de novelas recientes que van tomando la voz de la niña. Esta protagonista tiene voz propia, a diferencia de la anterior, pero lo que aparece es cuánto se parecen otras historias; hay diferentes variantes del mismo relato.

Se producen seis segundos de silencio. María concluye:

—No digo más nada.

Lleva su mano derecha a los labios. Le hago notar que ese es un gesto de clausura. Suelto una risa de cronista, pero ella no se inmuta: "No, es porque yo tampoco me animo todavía a mucho". Comenta que dejará el manuscrito en reposo hasta fines de marzo; luego vendrán dos meses de “retoques” y las lecturas de tres o cuatro amigas.

¿Tu libro anterior fue una autoedición? —le disparo.

¡No! ¿La mujer que no está? No, no... la publicó Alción. Lo mismo en Perú, donde me correspondió el diez por ciento. Como me gusta acompañar el recorrido del libro, hicimos muchas presentaciones: encuentros, talleres, lecturas.

Es tu primera novela, ¿no?

"Viaje entre dos orillas" es una autoficción; tiene de novela, pero también de crónica de viaje.

¿Con La mujer que no está pasaste el filtro de los editores? ¿A cuántas editoriales presentaste el libro? ¿Solo a Alción?

En ese punto, la máquina infernal grita desesperada.

«La inmensa trituradora muele los cuerpos de los animales hallados muertos en la ruta. El ruido del motor y el de los huesos que se quiebran y astillan rebotan en las paredes altas del galpón». El fragmento de "Entierren a sus muertos", de Ana Paula Maia, parece narrar el ambiente.

María hace denodados esfuerzos para superar los decibeles del monstruo. Grita.

Igual con Juan tuvimos una buena relación —balbucea entre el estrépito—. Cuando terminé de escribir, le avisé para que nos sentemos a conversar...

Se producen seis segundos de silencio mientras el artefacto sigue chillando. Ella parece recalcular.

Igual no voy a hablar mucho de char... de mi relación con Juan —dice, corrigiendo sobre la marcha el desliz de la palabra "charla"— porque él es muy meticuloso, muy cuidadoso.

¿"La mujer que no está" se la enviaste en PDF a él solo o a varias editoriales?

Muere el ruido. Vuelve la calma a la mesa.

En Argentina se la mandé a él solo. Ya habíamos conversado previamente que estaba esta novela.

Él te la podía rechazar —le digo.

Sí, en ese caso buscaría otra. Es lo que hago siempre. En Perú, la novela estaba en manos de dos editoriales. El primero que me gustó mucho fue Pepe Donaire, de Grafos & Maquinaciones, una editorial independiente de mucho prestigio en Lima.

El rugido de una moto que pasa por la Av. General Paz no impide que María siga hablando.

Me llamó Donaire. Las condiciones eran... no pensé en muchas ventas, ni en cantidad, ni en plata. Pero que la editara él era la diferencia.

María comenta con entusiasmo que la edición peruana le sirvió de “trampolín” para que el libro llegara a manos de un editor en Santa Clara, Cuba, con la promesa de ser publicada e invitada a la feria del libro local. Asegura que el libro “se vendió muchísimo”, aunque no sabe precisar la cantidad. La tirada fue de 500 ejemplares.

Por otra parte, confiesa que su obra anterior, "Viaje entre dos orillas", fue presentada a cuatro editoriales además de Alción. De esas cuatro no tuvo respuesta; solo Juan Maldonado aceptó publicarla. Allí vuelve a elogiar la tarea de Alción como editorial independiente y destaca la comunicación cotidiana vía mail con su editor.

Eso no lo tendrías con Alfaguara —remata.

¿Estás escribiendo poesía?

—Sí, tengo tres libros listos —responde. Interrumpo: "¡Ah, mirá vos!".

¿En la poesía, la autoedición es común?

Sí. Yo publiqué con Mensú, con Darío Falcone de Villa María. También autoedición —María carraspea—. Es una editorial muy comprometida. Darío es un tipo que va a la feria, que lleva los libros... —vuelve a carraspear—. Pero sí, la poesía es autoedición. Tenés que ser "no sé quién" para que te publiquen de otra forma.

Le pregunto si recibió críticas negativas o fuertes por parte de los medios tras la publicación de "La mujer que no está".

—Todas las críticas que he recibido fueron muy favorables —asegura—. Tuve una devolución de un escritor colombiano al que respeto mucho. Me dijo que es una novela arriesgada porque abre muchos elementos, como si después costara cerrarlos... y quedan cerrados a riesgo de que podría no ser así. ¿Se entiende? No recuerdo bien, pero esa opinión me fue muy útil.

¿Cómo ves el panorama literario en Córdoba y a las escritoras locales, dejando de lado a Andruetto, que es internacional?

Me parece —carraspea— que hay una potencia muy grande de la poesía en Córdoba, también de la poesía de las mujeres, aunque más de varones. Me parece —hace una pausa de cinco segundos— que hay que revalorizar la narrativa de mujeres en Córdoba porque... no es que no tengamos. No voy a dar nombres de ningún tipo, pero tenemos algunas que son realmente destacables y no son del lector común cordobés que va a la librería y pregunta qué hay de cordobesas. Me parece que los lectores de Córdoba tienen un rasgo conservador: no buscan mujeres desconocidas. También hay un problema de concepción, de machismo socialmente establecido. Es más fácil ir a buscar varones a los estantes.

María de los Ángeles Fornero se despidió con una breve frase: “Ahora veremos cuando la lea”. Tomó el bolsito matero y enfiló por la puerta grande de El Ateneo.

Ciudad de Córdoba, 27 de Febrero, 2026


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