El infierno son los otros


El infierno son los otros*
Las cárceles, los manicomios, los institutos de menores, los hospitales.

(Foto de la web)

Las cárceles, los hospitales, los institutos de menores y  los manicomios  están dispuestos de tal manera en el campo social, de que sea fácil  no hablar de ellos, ignorarlos, hacer de cuenta de que no están. Que estén, por lo general, relativamente  fuera de la visual, de la percepción y de la vivencia cotidiana hace más fácil y llevadero  justificar su existencia y mucho más, la existencia de quienes los habitan y sus condiciones actuales y previas. Están hechos a la medida de nuestro vergonzoso sentido de la justicia.

Sin embargo, pese a esta disimulada negación, en las profundidades de sus habitaciones y pasillos, la poesía se arremanga y limpia; se arrodilla al lado de quienes están allí recluidos, al lado de los que vomitan sangre y les soba la espalda indiferente al asco y a la maldad de muchos de los que vigilan, les seca el hilo rojo que une la comisura del alma con el fondo del inodoro; les tiende la cama apenas vestida. 

La poesía se eleva vaporosa del té que beben esas bocas, se agarra fuertemente  a las sábanas viejas y roídas  y abraza a los que en ella duermen. Les peina los cabellos con piojos y recorre con sus dedos suaves los cortes sobre los brazos que ellos mismos se hacen habiendo aprendido muy bien que nada valen y que merecen ser despreciados y merecen dolor.

La poesía no necesita ser nombrada, siempre está y no es posible retarla a que se vaya,  aun cuando  las coordenadas bien dictadas desde arriba y poco cuestionadas  abajo, digan expresamente que allí poesía no hay.

La poesía se desmigaja junto al pan del desayuno y cae sobre las mesas escritas con nombres de personas que se aman y se extrañan dolorosamente. Anda por los pasillos enjugándole los mocos a los niños que aún enfermos de adultez se divierten y a los niños presos que se hacen pis en la cama, les susurra cuentos para que descansen; les acaricia los tiernos caracoles de las orejas cuando los adultos cuidadores les escupen palabras repulsivas, de desprecio, de castigo, haciendo abuso de una autoridad inventada sólo para mancillarles la dignididad que les pertenece.

No hay edad para ser un despreciado por la sociedad, no hay nada que  impida que la gente te tenga asco o en el mejor de los casos lástima… aunque seas un niño no estarás a salvo si sos pobre o te abandonaron, o sos cualquier cosa que  no pueda ser utilizada como mano de obra y que deba ser ocultado para evitar nuestra propia vergüenza.
Incluso  aunque seas un anciano o estés enfermo y no puedas ir solo al baño, mucha gente sentirá desprecio por vos y no querrá ayudarte y votará a gobiernos que te quiten los derechos a la salud y a la alimentación y a la vivienda,  en nombre del progreso y de tantas otras barbaridades. Aunque seas anciano o estés enfermo y necesites un vaso de agua en tus labios, habrá quien te lo niegue sólo porque esa tarea no le ha sido asignada.

No estarás a salvo tampoco si sos mujer y menos si  te han tildado de loca o sos adolescente y no tenés a nadie; terminarás durmiendo como un perro sobre un colchón diseñado  especialmente  para hacer sentir un animal a cualquiera que en él duerma o serás merecedora de que te peguen, o de que te maten o de que te secuestren para prostituirte y después te recluyan en un instituto de menores porque nadie quiere hacerse cargo de lo que has padecido.

Pero la poesía seguirá existiendo en vos y se reirá de los que te humillan en la cara aunque  no puedan verla. Recibirá en tus labios con amor el vaso de agua que te alcancen,  porque todavía  tenés bastante por vivir siendo la prueba material y sangrante de un mundo de mierda, de un mundo herido.

La poesía  resguardará tu espíritu cuando estés por morir y sea el momento de destrozar lo poco sano que queda de tu carne con burdas maniobras de resurrección a fin de que los estudiantes practiquen  una medicina aterradora, hecha para parchar los daños colaterales de nuestra absurda forma de vida. La poesía estará allí, escenificando una materialidad llena de mangueras y trapos con sangre, una realidad hecha de pesadillas.
* Jean-Paul Sartre
Córdoba, 19 de Noviembre de 2019
Jésica Rita

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