Me fui de casa...
Me fui de casa...
Regresa Gaston Lippi, al Apócrifo, con una historia mínima, que deja un surco en el devenir de la existencia humana. Anteriormente escribió para nuestros lectores "Flores rosas, para un vestido rojo"
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| Salí a dar una vuelta por el barrio |
Van a cumplirse tres años que vivo solo. Nunca pensé que el silencio de las paredes pudiese calar tan hondo en la identidad de uno. El vacío por elección es una práctica sanadora, pero cuando la rutina obliga a digerirlo, entonces se vuelve un pésimo recurrente. Quizás, un castigo.
Hoy, justo en este día de febrero, suena trap frente a mí departamento. Hay pibes que bailan en la puerta, algunos guardan los cigarrillos cuando se asoman los padres y, otros, después de doce, se besan a escondidas en la esquina de los departamentos. Todos coinciden en el festejo de cumpleaños de mi vecina.
Hace casi tres años me levanté de la cama con una angustia intolerable en el pecho. La sensación de tener una aguja de tejer en el esternón. Me sentía solo y equívoco. No habían pasado algunos meses de mí mudanza que palpitaba la decepción de haberme apresurado de irme de casa ¿Acaso alguien reconoce lo penoso que es que nadie apague las luces cuando uno las olvida? Salí a dar una vuelta por el barrio, en plena madrugada, con el short de fútbol puesto y las llaves en la mano.
Días atrás, había visto a mi vecino hacer el revoque fino de su fachada. Me sorprendió cómo el tipo labura de sol a sol, con los materiales a cuesta, llevando y trayendo la escalera cual bailarín, con las manos manchadas de pintura y el seño en sal. Arregló todo con su dedicación milimétrica.
Escuché música al salir, sonaba algún nacional de los viejos, esos que usan para el karaoke tardío o para echar a todos del boliche. Al llegar a mitad de cuadra me encontré con una niña escondida detrás de un poste de luz. No niego que la situación me asustó y fue incómoda, en un comienzo. Eran las dos de la madrugada y yo solo pretendía sacar a pasear mi soledad por el barrio. La niña me miró y se tapó la cara, yo la miré y cerré los ojos. Fue extraño, cada uno esperó que el otro desaparezca, pero nadie se movió. Cuando abrimos la vista, estábamos enfrentados, a poco más de seis baldosas.
- ¿Qué hacés sola acá? ¿Sos del cumpleaños?
- Es mi cumpleaños, pero no quiero estar adentro.
Una de las aparentes tías se asomó por el portón, tiró algo de un vaso y volvió a meterse adentro. Lo recuerdo porque sentí cómo me mojó una de las piernas y yo pensé que al regresar iba a tener que lavarme para volverme acostar.
- Pero está jodido como para que andes sola ¿Por qué no vas adentro?
- ¿Y vos por qué estás afuera entonces?
La lucidez de la niña me sorprendió y por un momento tuve que quitarme el cassette para evitar la goleada.
- Porque quiero salir un rato para no sentirme solo.
- Yo también.
- Pero ese es tu cumpleaños.
- Sí. Cumplo quince, pero no vinieron mis amigos.
No supe qué responderle. Tampoco podía explicarle que yo estaba ahí porque me sentía igual que ella. Abandonado y no elegido. Ausente en mi propia cama.
- No quisieron venir porque lo hice en mi casa.
Asentí y tragué saliva. Juro que en ese momento tuve que ceder mi penoso rol de tipo angustiado. No podía quejarme, al menos frente a ella, mi vecina, que se escondía de la maraña de parientes que coreaban Vilma Palma sin constancia de ella.
La cuestión es que actué por inercia. Le mostré mi llavero, un pescuezo naranja hecho de metal que funcionaba como destapador y se lo regalé bajo la insistencia de que regrese adentro. Ella sonrió y se cruzó. Yo volví a tragar saliva y regresé al departamento.
Al febrero próximo, un año después, una marea cruzó frente a casa. Escuché que hicieron palmas y salí a ver qué pasaba. Era mi vecina. Metió su mano dentro de la reja y abriéndola me ofreció:
- Tomá, para que no te sientas solo. Gracias.
Así, me regresó el llavero de pescuezo naranja que daba por perdido. Cuando estaba por saludarla por el cumpleaños, los pibes la arrastraron del brazo riendo. Todos festejaban y corrían entre la música que escapaba por las ventanas. Me detuve a mirarlos bailar, a ver cómo el trabajo del padre, un año después, cobraba vida. Admiré cómo escondían el alcohol bajo la campera para pasarlo desapercibido y por qué los pibes salen afuera de noche. A vivir su aventura.
Hoy, justo en este día de febrero, suena trap frente a mí departamento. Hay pibes que bailan en la puerta, algunos guardan los cigarrillos cuando se asoman los padres y, otros, después de doce, se besan a escondidas en la esquina de los departamentos. Todos coinciden en el festejo de cumpleaños de mi vecina.
Hace casi tres años me levanté de la cama con una angustia intolerable en el pecho. La sensación de tener una aguja de tejer en el esternón. Me sentía solo y equívoco. No habían pasado algunos meses de mí mudanza que palpitaba la decepción de haberme apresurado de irme de casa ¿Acaso alguien reconoce lo penoso que es que nadie apague las luces cuando uno las olvida? Salí a dar una vuelta por el barrio, en plena madrugada, con el short de fútbol puesto y las llaves en la mano.
Días atrás, había visto a mi vecino hacer el revoque fino de su fachada. Me sorprendió cómo el tipo labura de sol a sol, con los materiales a cuesta, llevando y trayendo la escalera cual bailarín, con las manos manchadas de pintura y el seño en sal. Arregló todo con su dedicación milimétrica.
Escuché música al salir, sonaba algún nacional de los viejos, esos que usan para el karaoke tardío o para echar a todos del boliche. Al llegar a mitad de cuadra me encontré con una niña escondida detrás de un poste de luz. No niego que la situación me asustó y fue incómoda, en un comienzo. Eran las dos de la madrugada y yo solo pretendía sacar a pasear mi soledad por el barrio. La niña me miró y se tapó la cara, yo la miré y cerré los ojos. Fue extraño, cada uno esperó que el otro desaparezca, pero nadie se movió. Cuando abrimos la vista, estábamos enfrentados, a poco más de seis baldosas.
- ¿Qué hacés sola acá? ¿Sos del cumpleaños?
- Es mi cumpleaños, pero no quiero estar adentro.
Una de las aparentes tías se asomó por el portón, tiró algo de un vaso y volvió a meterse adentro. Lo recuerdo porque sentí cómo me mojó una de las piernas y yo pensé que al regresar iba a tener que lavarme para volverme acostar.
- Pero está jodido como para que andes sola ¿Por qué no vas adentro?
- ¿Y vos por qué estás afuera entonces?
La lucidez de la niña me sorprendió y por un momento tuve que quitarme el cassette para evitar la goleada.
- Porque quiero salir un rato para no sentirme solo.
- Yo también.
- Pero ese es tu cumpleaños.
- Sí. Cumplo quince, pero no vinieron mis amigos.
No supe qué responderle. Tampoco podía explicarle que yo estaba ahí porque me sentía igual que ella. Abandonado y no elegido. Ausente en mi propia cama.
- No quisieron venir porque lo hice en mi casa.
Asentí y tragué saliva. Juro que en ese momento tuve que ceder mi penoso rol de tipo angustiado. No podía quejarme, al menos frente a ella, mi vecina, que se escondía de la maraña de parientes que coreaban Vilma Palma sin constancia de ella.
La cuestión es que actué por inercia. Le mostré mi llavero, un pescuezo naranja hecho de metal que funcionaba como destapador y se lo regalé bajo la insistencia de que regrese adentro. Ella sonrió y se cruzó. Yo volví a tragar saliva y regresé al departamento.
Al febrero próximo, un año después, una marea cruzó frente a casa. Escuché que hicieron palmas y salí a ver qué pasaba. Era mi vecina. Metió su mano dentro de la reja y abriéndola me ofreció:
- Tomá, para que no te sientas solo. Gracias.
Así, me regresó el llavero de pescuezo naranja que daba por perdido. Cuando estaba por saludarla por el cumpleaños, los pibes la arrastraron del brazo riendo. Todos festejaban y corrían entre la música que escapaba por las ventanas. Me detuve a mirarlos bailar, a ver cómo el trabajo del padre, un año después, cobraba vida. Admiré cómo escondían el alcohol bajo la campera para pasarlo desapercibido y por qué los pibes salen afuera de noche. A vivir su aventura.
Hace tres veranos que vivo solo, con un llavero de pescuezo que llevo conmigo tras casi dos décadas. Y siempre, en febrero, saco a pasear mi angustia al frente de casa, a ver cómo el barrio festeja el mejor de sus cumpleaños
Gaston Lippi
Córdoba, 16 de Febrero 2020

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