Un Closet para la tristeza
Un Closet para la tristeza
Quiero escribir algo lindo, algo
luminoso. En mi interior las palabras resuenan como si fueran bellas, pero
cuando las exteriorizo, la fría realidad las apelmaza.
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| Imagen de la web |
Creo que hay un closet para la
tristeza. La sociedad de consumo te obliga a ser feliz, o mejor dicho,
quiere obligarte a serlo, cuando menos a fingirlo, como si la vida no fuera en
gran medida un remar en el dulce de leche de sus mandatos, sus obligaciones,
sus injusticias y contradicciones. La solución es que, si la felicidad no se
vive o se siente, se consume, se compra o se vende.
Siempre supe que el dolor no era
la única forma de aprendizaje, ni la más justa ni la más linda, y por eso,
desde temprana edad intenté ser nido de todo lo contrario en mis acciones y
discursos, quizás por ser hija y víctima de la New Age como muches de mi generación,
pero no sé si siempre fue con la intención consciente de estar bien, o de “tener
que” estar bien.
Lo cierto es que, si estar triste
en esta sociedad está mal visto, ser considerado una persona triste es algo por
demás estigmatizante. ¿Se puede SER un
triste? SER, en lugar de ESTAR, suena
absurdamente determinante y me despierta el interrogante opuesto: ¿Cómo se
puede SER una persona feliz? Les pido ya
mismo que desmitifiquemos esta idea, para acompañar esta reflexión.
La vida es un vaivén de vivencias,
estados de ánimo, mentales y emocionales, pero hay como una contradictoria exigencia
social, disfrazada de misión de vida de tener que SER FELIZ. Ejercemos un
control del nivel de alegría sobre nosotros y los otros permanentemente
mediante la comparación en redes sociales, en nuestro entorno afectivo y
profesional, entre otros ámbitos. ¿No será una fuente de insatisfacción y
descontento, el hecho de no aceptar que no se puede simplemente SER feliz, es
decir, estar feliz todo el tiempo? Eso, en primera instancia.
Y la pregunta que se me viene a raíz
de esto es, si nadie quiere sentirse identificado con alguien que se siente
triste, ¿cómo empatizar? Tratando de no caer en generalidades vacuas, si se
banaliza, niega y rechaza a la tristeza como algo natural en los tiempos que
vivimos, si se acepta más su versión morbosa y espectacularizada producida en esos
semilleros del sentido común que son las redes sociales y los medios masivos de
comunicación ¿Cómo se espera que la gente reaccione ante un caso de depresión? ¿Cómo
se espera que las personas sepan distinguirlo y tratarlo o brindar asistencia?
Y allí cuando la tristeza se
convirtió en un problema de salud, cuando la depresión se instaló, cuando la
salud mental se vio realmente afectada, ¿qué se hace en un mundo como el que
tenemos con el doble estigma de estar triste y encima “loco”?
Quizás, como una variante de los
mecanismos de dominación que Foucault engloba dentro del concepto de Biopolítica,
que tienen como fin el controlar y modificar “los procesos de vida”, la
felicidad sea ejercida como una norma cuya disidencia tiene como consecuencias
seguras el aislamiento, la hospitalización o el encierro, no tanto como método
de sanación, sino más bien de disciplinamiento.
Pero la salud mental es un tema
que requiere un análisis aparte, que no se puede tratar con liviandad, menos en
un país con una Ley de Salud Mental que, aunque aplaudida a nivel mundial, a
diez años de su sanción jamás fue implementada, y en donde los derechos de las
personas con problemas mentales son violados sistemáticamente; no, no quiero
llegar tan lejos.
Sólo quiero esbozar una reflexión
acerca de la naturalidad con que se nos alimenta con mierda bajo la pretensión
de que saboreemos sin poner cara fea.
Vayamos al punto, vivimos bajo un
sistema que nos oprime, llámesele capitalismo, llámesele patriarcado; vivimos
en un mundo roto, violento, lleno de horrores indescriptibles que nacen en el
seno mismo de su estructura social; vivimos en guerra, aunque más bien diría
que vivimos a punto de ser masacrados, pues sería una guerra si estuviéramos
peleando de igual a igual, pero no, es una masacre lisa y llanamente; comemos y
cagamos crimen y violencia de manera pasiva o activa. ¿Cómo es que entonces el
discurso de la felicidad está siempre en boga, y el de la tristeza oculto?
Quizás si asumiéramos nuestras
penas en lugar de ocultarlas o creer que son individuales y aisladas, podríamos
encontrar una proyección a nivel social que nos muestre que las causas de lo
que nos pasa son más colectivas de lo que pensamos, aunque éstas saltan a la
vista. Quizás negamos a la gente que está triste por miedo a vernos reflejados en esa tristeza.
Grandes movimientos revolucionarios se han gestado y se gestan bajo el
fuego de lo que nos entristece. Asumirlo da fuerzas, y sino, miremos el ejemplo
del movimiento feminista que nacido y parido del vientre de miles de mujeres
masacradas hoy es una luz y un camino para las sociedades modernas.
Asumir nuestra tristeza no hará del
presente un lugar peor de lo que ya lo es, creo que por el contrario, nos hará
rechazar de una vez y para siempre lo que ya no queremos, y unirnos en la
misión de construir un mundo donde estar feliz no sea producto de la
sobrecogedora capacidad de resiliencia que tenemos, sino un ejercicio más
liviano, igualitario y posible. Unirnos en nuestra tristeza posiblemente sea la
única forma que nos quede de salvarnos.
Jésica Rita
Córdoba 22 de Febrero 2020
Córdoba 22 de Febrero 2020

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