Historias con Coronavirus (1)
Sin escala, a la cuarentena
Luego de viajar a Estado Unidos, un lujo para Luciano, va derechito a la cuarentena. La pandemia del corona virus, viene de tierra lejanas y este adolescente puede alojar el temido virus.
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| Pobre Luciano (Foto de la web) |
Escribe:
Hugo Alberto Cammarata
Miami - Santiago - Córdoba, intrincada escala para hacer la diferencias monetarias.
Afuera del aeropuerto, la familia, lo saludaba a la distancia, con los brazos extendidos.
Mamá y papá con el auto en marcha están presto para llevarlo al hogar ,el nene que tiene 22 años, prometió portarse bien y cumplir la cuarentena al pie de la letra. Hubo que convencerlo porque Luciano, el nene, se negaba a cumplirla.
Papanatas
Con el barbijo de última generación, se sentó en la parte trasera del auto, los papis también llevaban puesto sus respectivos barbijos y antiparras de buceo.
Todo transcurría en paz, la alegría de recién llegado se le notaba en los ojos.
Pero la promesa de buen comportamiento se rompió a un par de kilómetros de la estación aérea.
-¡Que haces papanatas! - Gritó el padre al tiempo que estacionaba con el freno de mano. En un ademán el nene, apretó la tecla para cerrar los vidrios de las ventanillas.
-Así empezamos mal - le recriminó la madre, ajustándose las improvisadas antiparras.
Luciano se acurrucó en el asiento. La cabeza a mil revoluciones. “Tanto laburar, juntando moneda a moneda, ¿para qué?. Tenía mucha ganas de contar las aventuras y peripecias que había vivido en el país del norte, mostrarle los recuerdos, las cicatrices, las fotos, sí, las fotos de papel, a su seres queridos” pensaba, mientras movía la mandíbula de aquí para allá.
Era cierto, el muchacho, es un trabajador del volante, pertenece a la clase media trabajadora, no le sobra la plata y viajar al exterior, no es cosa de todos los días y menos para su rango social. Y por si esto fuera poco, no podía ver y acariciar a su novia, sólo se verían por Whatsapp.
De repente, sintió que la saliva se transformaba en espuma, que desbordaba el bozal. Sintió que se ahogaba. ¡Que bronca tengo! -gritó- y de un tirón se quitó la “maldita” mascarilla, y escupió, por la ventanilla, parte del escupitajo, por extrañas razones se pegó al parabrisas del lado de adentro. Le temblaba todo el rostro, los ojos desorbitados. Esta vez el papi, no frenó de golpe, paró el auto en el cordón de la vereda. Mirando al hijo con compasión, atinaron a acariciarlo pero con ademanes, a dos metros de distancia, como estipulan las normas. El padre, pacientemente abrió el baúl, sacó un alcohol en gel y se rociaron mutuamente. La mami cumpliendo con su obligación auto impuesta, lavó el vehículo por dentro. Luciano durmió plácidamente.
Hogar, dulce hogar
El adolescente tardío, entró a la casa dando brincos, lo primero que hizo fue tirar el barbijo que los ahogaba. Entro al baño de la familia, no hubo tiempo de frenarlo, ese baño no estaba destinado al recién llegado.
¡Nene! Gritó - la mamá enfurecida - vos tenes tu habitacion y tu baño, así que durante quince días, no salís de ahí - le ordenó severamente-
Luciano agachó la cabeza, pensó un ratito y finalmente dijo: -Volá, ni pienso meterme en ese “agujero”.
Los rostros lívidos de los progenitores, se crispaban mientras el hijo se acercaba rápidamente para abrazarlos. -¡Pará! le ordenaron a coro, - mientras miraban la puerta de reojo - al insistir con el abrazó la madre agarró su bolso de mano y salieron huyendo de la casa.
El nene, cerró la puerta. Un nudo en la garganta lo atravesaba como un estaca.
-Bueno… catorce días pasan volando.
Córdoba, 22 de Marzo, 2020

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