Historia de Coronavirus (7)
“El amor en tiempo de cuarentena”
Escribe:
Hugo Alberto Cammarata
Patricia, sintió frío. En semi consciencia, percibió que estaba en la Unidad de Terapia Intensiva. La famosa UTI, pensó, mientras la trasladaban de la camilla a la cama. “Pato” buscó en su memoria cómo se contagió. “Maldito virus”, maldijo.
Apenas se enteró del primer caso del coronavirus, Covid19, comenzó con el operativo para enfrentar al “bicho”. Llenó la despensa, en realidad era el cuarto de huéspedes, varias pack de lavandina, lysoform, alcohol líquido y en gel, insecticida -para el dengue, murmuró en aquel momento- en aerosol y repelente en crema, y papel higiénico, que ocupaba la mitad de la habitación -Para que tanto papel, expresó agarrándose la cabeza, y encontró esta respuesta: ¿Si mi vecina compró esa cantidad de papel, por que no lo puedo comprar yo?.
Patricia, decidió confinar a su marido, Pedrito, que rondaba los 65 años de edad. El lugar elegido fue el cuarto que había pertenecido a su único hijo, que vivía en Japón. Muy a regañadiente acepto, pero pensó que disfrutaría de la cuarentena, leyendo y algo que le hacía brillar los ojos azules; podría gozar del sol, en su balcón ubicado en el séptimo piso.
A pesar que tenía alimentos como para alimentar a un ejército, solía salir a comprar las facturas, para el desayuno y eventualmente para la merienda, en la panadería de la cuadra. A tal efecto la Sra. usaba un par de galochas verde fluo, un jogging, una remera y una vieja capa que la cubría desde la cabeza a los pies. El rostro cubierto con barbijo quirúrgico 3M, anteojos que son utilizados por los trabajadores que usan amoladoras y por supuesto guantes blancos de látex. Así salía a la calle cruzando de vereda cada vez, que un ser humano aparecía de frente. Los empleados de la panadería la conocían, por lo que tenían preparada las cuatro medialunas de manteca.
De regreso, apenas salía del ascensor, corría al lavadero, temblando de asco, la piel se le erizaba, así desnuda, metía la ropa de salida, en el lavarropa, “Si no fuera la gracia de Dios, -pensó- le prendería fuego. En punta de pie entraba a la ducha, y se jabonaba varias veces, y con la esponja se fregaba hasta que la epidermis, que viraba al rojo infierno.
Los días pasaban volando, la nueva rutina, se le hizo carne a “la Pato”. Pero, sucedió, algo inesperado.
Luego de la ducha matinal, envuelta en un toallón estampado con flores multicolores y el cabello mojado jugando sobre la nuca, preparaba el desayuno,fue en ese momento que se le vino a la mente, un recuerdo, de cuando conoció a su marido, de repente su cuerpo tembló de deseo. Cuando se acercó a la mesa, en un ademán se le desprendió la colorida prenda y las flores se desparramaron en el piso. Pedro que contemplaba la escena, se abalanzó. Las lenguas se hicieron un nudo, las manos subían y bajaban.
Pero de repente, Patricia lo paró en seco
-¡Que haces pelotudo, imbécil, viejo alzado!
-¡Tanto cuidarme, y esta mierda me tienta! Resopló
Al tiempo que gritaba y gesticulaba se acercó a la bacha de la cocina, e intentó vomitar. Se introdujo dos dedos en la garganta. Temblando, se sirvió una taza de café caliente, con el el cual se hizo gárgaras. El virus muere con el calor. -se convenció, eso lo había leído en el Whatsapp. Corrió al baño, tomó el cepillo y lo cubrió con crema dental. El espumarajo desbordaba por la boca. Se metió en la lluvia y se fregó tanto, que casi manó sangre del vientre.
¿Que había pasado con Pedro? En el momento que su esposa lo insultaba de pié a cabeza, sintió que algo estallaba en su bajo vientre, los músculos se tensaron como una cama elástica. Y lo inevitable sucedió, un reguero de líquido blancuzco, se derramó en el piso encerado, solo atinó a decir cuando hizo una pausa el cuerpo. “Perdoname, mi Pato querida”. Agitado, casi temblando llegó al cuarto y se tiró de bruces en la cama.
En la cena, no se hablaron, solo se escuchó:
-¿Quien es la china del balcón contiguo?
Pedro, se encogió de hombros.
-Mamita, colaborá -la retó el enfermero, vestido de astronauta.
El pasillo estaba atestado de camas, cada enfermo con su respirador. Enfermeros y médicos, corrían de aquí para allá.
Una mujer, también con escafandra de cosmonauta, retrocedió sobre sus pasos. Se paró y miró a la enferma, la reconoció y le dijo: “Hola, vecina” Pató apenas entreabrió los ojos, efectivamente era la vecina del balcón contiguo. El alma se le estrujó, los valores de registro de signos vitales, enloquecieron. Estaba intubada, las palabras se las tragó el respirador.
“Fuiste vos, china mal parida, la que me contagió.Córdoba, 07 de Abril 2020

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