Historias de Coronavirus (5)
PostVirus
Escribe
Jésica Rita
La primavera había llegado. El suelo bajo los pinos era mullido y húmedo, fragante. La tierra oscura, el bosque alto, la sombra fresca y vasta. Las aves y el sonido de las hojas parecían salir de sus oídos. Entre las piedras había vertientes donde ella saciaba su sed. Se sentía feliz.
A veces recordaba su antigua vida citadina. A menudo trataba de imaginar las calles y edificios ahora vacíos, pero no podía. Era una imagen que no lograba ver; en cambio recordaba sirenas y bocinas.
Prefería la quietud de ahora. Desde hacía algún tiempo, todas las semanas caminaba hacia su altar del silencio, en la punta del cerro. La caminata hasta arriba era dura pero lo hacía a manera de ritual y entrenamiento; sus piernas se volvían cada vez más fuertes.
Al llegar masticaba algunas setas de pino recolectadas en el camino y luego miraba el horizonte largamente. Permanecía horas de cara al viento observando los vastos valles y sus lagos imponentes.
En ocasiones veía cóndores y los saludaba con una reverencia, como a los sabios y antiguos espíritus custodios que eran.
Agradecía a la tierra por permitirle estar allí rodeada de nubes.
La mayor parte del tiempo estaba sola recorriendo senderos. Rara vez se encontraba con alguien. Si estaba sierra arriba, en las noches de verano solía dormir sobre alguna piedra, aunque prefería permanecer en los bosques de pinos foráneos y dormir en colchones mullidos de paja. En invierno hacía fuego y descansaba bajo el cielo, o al cobijo del bosque nativo.
En los montes había espíritus y elementales centinelas; al principio les tenía miedo, luego supo que ellos también la protegían a ella; siempre que sentía una presencia le saludaba y le pedía permiso para transitar o permanecer.
Se manifestaban como voces provenientes de ningún lugar, como si alguien hubiera dicho alguna palabra de la cual llegaba sólo un eco imposible entre los árboles. Un par de veces escuchó diálogos aunque nunca pudo entender lo que decían; una vez vio un ternero de cuya boca abierta salía el canto de un pájaro estremecedor.
Sabía que eran los elementales diciendo, aquí estamos.
Hacía tres años que vivía de esa manera. Aún le quedaban muchas pastillas nutritivas, por lo que el alimento no era su preocupación; además comía algunas bayas y setas cuando conseguía. En verano eran fáciles de encontrar durazneros cerca de los ríos o en el patio de alguna casa desocupada. Conocía casi todos los frutales de la zona.
De todas formas, como casi nunca tenía hambre, por lo general, ayunaba.
Poco tiempo después de que el virus llegó a las ciudades todo lo conocido empezó a colapsar. Pronto se acabó la comida y la gente dejó de tener acceso a otra cosa para alimentarse más que los suplementos. Eran lo más económico que se conseguía y garantizaban, según los organismos internacionales y la comunidad científica, todos los nutrientes esenciales para la vida, sintetizados en pequeñas cápsulas que se vendían en las farmacias.
Ignorando si eran buenas o malas para la salud, la mayor parte de la población no tuvo otra opción que poner su supervivencia en manos de esas minúsculas pastillas.
Con el tiempo las personas se acostumbraron a ellas; muchos, sobre todo los abuelos millenials recordaban ciertos sabores con nostalgia.
Cuando partió a la sierra lo hizo con una mochila cargada con 10 kilos de esos suplementos en la espalda como único capital. Le alcanzaba para vivir durante unos 15 años sin preocuparse, pero como no comía todos los días, ese tiempo se había casi duplicado. Las tenía escondidas en una cueva y cuando hacía sus excursiones se llevaba algunas en un bolsillo; bastaba con una por día. Luego volvía y buscaba más.
Tenía el recuerdo de haber comido algo sólido y rico solo tres veces en su vida, cuando era niña, así que cuando podía darse un buen festín de dulce fruta, su paladar se regocijaba. En ese momento recordaba a sus abuelas y las anécdotas de cuando no todo era transgénico pero comer animales era la norma.
Las sucesivas cepas del virus habían ido diezmando a la población mundial hasta hacerla casi desaparecer en sólo cuestión de décadas. Por designio o por azar ella no se había enfermado nunca pero la ciudad ya no era un sitio amigable para vivir, así que se había marchado.
La vida ahora era simple y prodigiosa. Y la sierra toda para ella.
Aún quedaban algunas comunidades, pero no le interesaba vivir en una, los años del temor al contagio habían alejado a las personas entre sí y algunas como ella, no sentían la necesidad de estar con gente.
A veces cuando visitaba el templo del silencio, como le llamaba a la punta del cerro, se tiraba a dormir bajo el inacabable espacio, cobijada por el brazo de la vía láctea y se sentía la única habitante del universo.
Casi siempre Veía luces provenientes de antiguos satélites y de naves espaciales.
Instintivamente sabía que el planeta ahora engullido por la naturaleza era sumamente atractivo para ciertas civilizaciones que habían empezado a contactarse con humanes, después de la primera aparición del virus.
A raíz del espectáculo que montaron de este hecho los medios masivos de comunicación, sumando a la crisis en la que la mortal enfermedad había sumido a toda la humanidad, mucha gente acabó con su vida.
La permanente amenaza de una invasión alienígena fue otro de los motivos de su huída.
Ahora allí, en medio de la fría noche, no tenía miedo. Sin internet el mundo se sentía enorme, inabarcable. Sentía que aquel lugar era un sitio sagrado, alejado de todo peligro y que ante una invasión allí estaría protegida.
Se equivocaba.
Continuará…
Córdoba, 02 de Abril, 2020

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