A 50 años del golpe

  “...alcancé a ver el camión del ejército,

con las cinco caritas”.

“Cristina no es solo una médica pediatra jubilada; es el archivo vivo de una Córdoba que se desangró entre el idealismo y la represión”.


Cristina en la marcha del 24 de marzo, junta a su amiga
desaparecida por la dictadura : Susana María Monasterio - Foto:  Matías Spicogna



Escribe: Hugo Alberto Cammarata


Hoy entrevistamos a Cristina Basso, médica pediatra jubilada y activa militante en la década del ‘70. Con motivo de la conmemoración del 50 aniversario del golpe cívico-militar-empresarial-eclesiástico, nos ofrece su testimonio en primera persona.

De aspecto tranquilo y andar pausado, Cristina entra a la cafetería del Ateneo —nuestra suerte de redacción “Apócrifa”— apenas pasadas las cinco de la tarde. Su tono de voz concomita con su calma. “El café lo pago yo”, me advierte.


“Cuando tomaron Iicana”

— Si consideramos que el Cordobazo fue el comienzo de lo que sucedió durante los setenta... ¿Qué recordás de aquel hito?

Cristina: No participé; todo lo que sé es por lo que he leído y por las cosas que compartió mi marido.

— ¿Eran novios entonces?

Cristina: No, yo tenía 17 años. Cuando nos casamos, él me compartió su vivencia porque fue protagonista. Por ejemplo: cuando tomaron Iicana, donde está ahora la Facultad de Lenguas. Hay una foto en la que se ve a su hermano tirando una máquina de escribir al fuego y a él quemando la bandera norteamericana que flameaba. La punta, el pedazo de bandera que quedó, está en mi casa; está encuadrada. Los hijos la encuadraron como un recuerdo de ese momento histórico.

La I.I.C.A.N.A. es el Instituto de Intercambio Cultural Argentino Norteamericano, donde se enseña inglés, y allí flameaba la bandera “yanki”. Entonces, cuando entran, sacan las máquinas de escribir, hacen una gran fogata y queman la bandera. Ese pedacito los chicos lo guardan como un trofeo.

— Claro, una reliquia de aquel tiempo.

Cristina: Yo, en esa época, participaba de los grupos juveniles parroquiales, que había muchos. En todos los barrios, en las parroquias, había grupos juveniles comandados por los Curas del Tercer Mundo.


“Teología de la liberación”

— ¿Diferente a la Acción Católica?

Cristina: La Acción Católica existió previo a eso. Cuando yo era chica, de ocho o nueve años, ya formaba parte de esos grupos. Después, eso se transformó con la llegada de la Teología de la Liberación y los Curas del Tercer Mundo. Entonces comienzan los trabajos sociales; desde las parroquias íbamos a las villas, hacíamos acciones sociales y formábamos otros grupos. En esa época se leía a Hélder Câmara, obispo brasileño, y a Pierre Teilhard de Chardin, un autor francés. Ya se hablaba del cambio de sociedad, de vivir en comunidades que serían el “Hombre Nuevo”, que en definitiva es la consigna del “Che”. En esa identificación de la Teología de la Liberación, filomarxista digamos, es de donde sale la mayor parte de Montoneros, por ejemplo, y parte del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).

— ¿En qué barrio vivías?

Cristina: En Alta Córdoba. Participaba en la iglesia Corazón de María, de los curas Claretianos. El obispo Angelelli era claretiano y yo lo conocí personalmente; él era obispo auxiliar en Córdoba, pero como el obispo era Primatesta, que era derechoso, lo corrió y lo mandó a la diócesis de La Rioja. Pero él era nuestro obispo auxiliar y, como era claretiano, iba a la parroquia.


“Nos echaron por comunistas”

— Cristina, ¿qué edad tenías en ese entonces?

Cristina: Ya era adolescente, 17 o 18 años. Estaba en los últimos años de la secundaria. En el año setenta, con uno de estos grupos —porque yo también iba a un grupo en Barrio Pueyrredón que se llamaba “Grupo Misionero”, tenía un nombre largo—, un cura italiano, también del Tercer Mundo, nos llevó a un pueblito perdido en el Valle Calchaquí que se llama Payogasta. Allí trabajamos un mes con la gente; todos eran campesinos y había dos grandes terratenientes que les pagaban con mercadería. Nosotros les enseñamos que reclamaran el pago en dinero porque era su trabajo. Cuando se enteraron, nos echaron por comunistas, y el grupo era católico.

En el año 70 estaban los militares en la época de Onganía. Después, cuando empieza todo el movimiento y vuelve Perón al país, los grupos ya estaban armados, tanto Montoneros como el ERP.


“Militancia”

— ¿Vos militabas en el peronismo en aquel tiempo?

Cristina: No, nunca fui peronista. Yo milité en el PRT, porque con un grupo de estudiantes de Medicina y algunos médicos formamos lo que se llamaba el Comando de Sanidad.

— ¿En qué año fue eso?

Cristina: Setenta y tres, setenta y cuatro. En el setenta y tres de forma legal, y después nos declaran ilegales tras la muerte de Perón; primero al ERP y después a Montoneros. Por eso el periodismo decía “la organización subversiva declarada ilegal en primer término”, porque no se podía nombrar la palabra Montoneros. Pero en la cárcel, cuando detuvieron a mi hermano en la D2, ellos tenían expandidas las banderas de las organizaciones en las puertas de las celdas; dentro de la cárcel no hubo represión hasta que llegó el golpe en el setenta y seis [La entrevistada refiere al año 1976, fecha del inicio de la dictadura militar.]


“Sufrió mucho”

— ¿Tu familia estaba de acuerdo con las actividades que realizaban?

Cristina: Mi papá había muerto cuando yo tenía 16 años; era radical del pueblo [UCR], antiperonista. Le puso Libertad a mi hermana porque nació en el cincuenta y cinco, después de la “Libertadora”. Mi mamá era peronista, era maestra; los dos eran riojanos. Mi mamá era una persona muy callada, no hablaba. Ella sabía y sufrió mucho porque nosotros estábamos militando, y más sufrió por la detención de mi hermano. Después me detuvieron varias veces a mí, así cortitas. Cuando asumió Alfonsín, el 10 de diciembre de 1983 a la tarde, mi mamá... el 11 de diciembre a la mañana, muere. Nace la democracia y ella muere.

— ¿Tu mamá muere por una enfermedad o fue de golpe?

Cristina: Había estado internada por una operación y ese día le daban el alta. Estaba hablando conmigo, me había preguntado: “¿Ya asumió Alfonsín?”. Le dije que sí y se desvaneció. Yo era médica, le hice las primeras maniobras de RCP y un compañero que andaba por ahí me ayudó, pero no salió.

Era guevarista”

— ¿Cuál era la ideología que sustentaba el PRT?

Cristina: El PRT era guevarista fundamentalmente. Se decía marxista-leninista, en oposición al Partido Comunista que en esos momentos denostaba al guevarismo y era más bien estalinista; [Cristina me aclara que es una opinión personal, que no necesariamente hubiera sido así] o sea que estaban a la izquierda de las izquierdas, por decirlo así. Tenía una formación política y moral que hacía hincapié en eso; creo que eso hizo que muchos nos acercáramos ahí. De todas maneras, con las primeras muertes de los compañeros, yo me abrí.


“Memoria”

— ¿En qué año?

Cristina: Cuando fue el golpe yo ya no estaba ahí. —La memoria de Cristina pega un salto hacia atrás—. Después, por insistencia de los compañeros de la Facultad que me invitan, y un compañero del PRT, voy a un encuentro que organiza la Federación Juvenil Comunista (la Fede) en el Luna Park. Vamos a Buenos Aires y ahí justo había sido la fecha del golpe en Chile el año anterior, o sea que era 1974. Había chilenos sobrevivientes del golpe, también había sido el triunfo de Vietnam, había vietnamitas en ese encuentro... fue algo impactante porque el Luna Park estaba lleno de jóvenes. Ahí comienzo a acercarme a “la Fede”. Entonces, cuando dan el golpe, yo ya estaba ahí.


“Levante, levante que es la policía”

— ¿Te persiguieron por tu militancia?

Cristina: Me fueron a secuestrar. Primero me detuvieron en el año ‘75; me llevaron de mi casa, el Ejército, acá a Informaciones. Cuando nos tenían sentados y vendados, empecé a escuchar las voces de los chicos del grupo de la parroquia; entonces sospechamos que la lista salió del Arzobispado. Ahí nos fotografiaron, nos pintaron los dedos —que yo lo cuento en uno de mis relatos—, nos tienen un día y nos largan, amenazándonos con que no nos metiéramos en nada porque íbamos a ser “boleta”.

Y después me van a buscar, pero eso ya en el ‘76, un grupo de civil: el Comando Libertadores de América. Mi mamá, por la forma de golpear, se da cuenta; entonces nos despierta a mi hermana y a mí y nos dice: “Levante, levante que es la policía”. Nos fuimos a la casa de una tía que colindaba por el fondo con la nuestra y estaba habitada por una familia. Nos fuimos a la casa de mi tía, que estaba habitada por otra gente que alquilaba, y nos metimos en una pieza donde guardaban los muebles; estaba con llave. Sacamos las llaves y nos metimos debajo de la cama.

Cuando los tipos entraron a mi casa, la vendaron a mi mamá, la encapucharon y comenzaron a preguntarle dónde estábamos. Ella les decía que no sabía. “¿Cómo no vas a saber si la cama está caliente?”. Y mi mamá le decía: “Porque yo me siento acá y después me siento acá”, se burlaba de ellos. Entonces ellos fueron por el patio, encontraron el paso a la otra casa, despertaron a los que vivían ahí porque era la madrugada. El muchacho que estaba en la casa... le preguntaron por esa habitación y él les dijo que era de los dueños de casa que guardaban los muebles ahí, que eran de La Rioja y que él no tenía la llave. No tiraron la puerta abajo.

— ¿El muchacho era pariente tuyo?

Cristina: En realidad eran parientes del marido de mi tía, un pariente político. Pero se jugó la vida porque dijo eso; podrían haber tirado la puerta abajo y no lo hicieron. —Cristina tose cuatro veces—. Nosotros temblábamos debajo de la cama, teníamos terror. No salimos hasta el otro día, asegurándonos de que se habían ido. Cuando salí, jamás volví a mi casa. Me fui a una casa de unos amigos que me guardaron durante un mes. Yo tenía que cursar sexto año de la carrera, entonces tenía dos caminos —se le seca la garganta—: me clandestinizaba o me arriesgaba a ir a la facultad. Y decidí arriesgarme. Me arriesgué porque el Partido Comunista había presentado un Habeas Corpus dos semanas antes del golpe; preguntaron si había orden de detención y los tipos contestaron que no. Pasó un mes, fue de terror porque no me animaba a salir ni al patio en la casita donde estaba, y volví a la facultad temblando. Yo no sabía que estaba embarazada de mi primer hijo... si me llevaban, mi hijo iba a nacer en cautiverio. Después de eso, yo me caso.

 

“Comando Libertadores de América”

— Y si esa noche te secuestraban, ibas a desaparecer o, como mínimo, ir presa.

Cristina: Dos semanas antes habían secuestrado a mis dos cuñadas, las dos hermanas de mi marido. La familia de mi marido sí eran peronistas. Esa noche secuestraron a todas mujeres, el Comando Libertadores de América; ellas testimoniaron ante el Juicio a las Juntas. Las llevaron al campo de La Ribera y se salvaron de casualidad porque mi marido había visto cómo la policía había cortado el tráfico. Lo había visto de casualidad porque él salía de mi casa; él vivía en Alta Córdoba, pero del otro lado de Juan B. Justo. Entonces él se va y, cuando va llegando a su casa, ve cortado por la policía y los civiles dentro de la casa; entonces no entra, lo buscaban a él. No lo encuentran a él, entonces se llevan a las dos hermanas. La mayor era delegada de Entel; la más chica estaba en el secundario, en la UES [Unión de Estudiantes Secundarios]. Se las llevan. Mi marido se va, y va armado —en esa época los hombres andaban armados (lo dice sorprendida)— a Informaciones a exigir que digan dónde están las hermanas. Y cuando está hablando de eso, de corajudo —porque era un petisito así: corajudo inconsciente—, un tipo de atrás le dice: “te pongo la custodia”. Esas cosas de la vida: el que estaba a cargo de la Infantería haciendo la custodia en Informaciones era el primo de él. Eso le salva la vida. Le ponen la custodia; si no, lo hubieran reventado ahí.

— ¿Qué significa “poner custodia”?

Cristina: Lo acompañan dos milicos de Infantería; lo acompañan a él. Si no, lo iban a masacrar ahí adentro; ¡si él entró armado a Informaciones! La Infantería es una parte de la policía, son como soldados, y su primo era el jefe que estaba haciendo guardia ese día. Fue a reclamar por sus hermanas y él es el que las ubica; mueve los hilos y las ubica en el campo de La Ribera. Cuando las estaban torturando, haciendo “la mojarrita”, las dejan de torturar y las largan. Las traen a la Catedral y les dicen que durante un mes tienen que venir todas las semanas para verlas. Dos semanas después intentaron secuestrarme a mí; no había relación entre una cosa y otra. A mí me buscaban por una relación con una compañera de estudio, que buscaban al novio... toda una concatenación de cosas. Mi compañera está desaparecida y el novio también.

Un vendedor de agujas irrumpe en este improvisado escenario. “No, por ahora no”, digo. Al mismo tiempo llega la moza e invita al vendedor a salir del lugar.


“Mi marido era tan cocorito”

— Aparte del fallido secuestro, ¿cuántas veces estuviste presa?

Cristina: Me detuvieron tres veces, pero eran detenciones de un día. Después del golpe, nos allanaron en mi casa —donde vivía yo, mi marido y mi hijito, que ya había nacido— en el setenta y siete. Nos allanaron tres veces porque en la manzana donde vivíamos, en Barrio General Bustos, había una célula de Montoneros. En la misma manzana se habían ido a vivir en la misma época que nosotros. Como éramos jóvenes y teníamos adelante el living vacío, parece que un vecino habló: “acá hay alguien medio sospechoso”. A la noche venían mi suegra con mi cuñada a dormir ahí porque tenían miedo, las habían secuestrado; entonces veían ese movimiento y nos allanaron. Por suerte estaba sola con mi hijo, porque mi marido era tan cocorito que les hubiera hecho frente. Miraban los discos, las cosas, lo que decían los libros, y yo me hacía la estúpida.


“Cachorro” Menéndez

— Igual, con un hijo, te podrían haber secuestrado.

Cristina: Sí. A la célula esa la liquidaron a todos, menos a los niños. Fue Menéndez en persona. Fue un tiroteo que lo padecimos porque pasaban las balas por arriba del departamento nuestro; los militares estaban en el norte y los Montoneros estaban acá, y nosotros estábamos en el medio de la manzana. Pasaban las balas. Cuando terminó todo salimos a la calle y alcancé a ver el camión con las cinco caritas. Se ve que los habían guardado a los niños para que no los maten. No sé qué habrá sido de esos niños. Eso fue en el setenta y siete.


“Participaba en el PRT, en Prensa”

— ¿Tu hermano cuándo fue detenido? ¿En qué área participaba?

(Comienza el ruido infernal de una licuadora)

Cristina: A él lo detuvieron cuando tenía diecinueve años. Participaba en el PRT, en Prensa. (El ruido desaparece). Un compañero, al que habían agarrado primero, tenía un bebé chiquito y lo amenazaron con cortarle los dedos al bebé si no hablaba; y dio el nombre de mi hermano. Lo sacaron de mi casa —se escucha la carcajada de una mujer— esa misma noche que a él lo detienen; esa noche yo me había puesto de novia con mi marido, llegué a mi casa y me encontré con que se habían llevado a mi hermano.

La verdad es que ahora es fácil contarlo porque primero no lo detenían; todavía no era el golpe, no te lo “blanqueaban”. Lo tuvieron todo un mes, lo torturaron todo el mes para blanquearlo. Todavía estaba la Legislatura; estaba Bercovich Rodríguez como presidente de la Legislatura provincial. Mi suegra, que era militante peronista de “aquellas”, fundadora de la rama femenina del Partido Justicialista, fue a pedir por él y lo pasa al PEN [Poder Ejecutivo Nacional]. O sea, ahí lo blanquean y lo pasan a Encausados [Cárcel de Encausados en Barrio Güemes]. Lo dejan de torturar y ese año lo dejan respirar, hasta el golpe. Ya cuando viene el golpe los empiezan a masacrar. A los que ellos consideraban más peligrosos les hacían el llamado “intento de fuga”; eran mentiras, los sacaban y los asesinaban delante de los compañeros para que volvieran y contaran. Y al que había sido mi responsable en el Comando de Sanidad, el Dr. René Moukarzel, lo asesinaron a baldazos de agua helada, estaqueado en pleno invierno en la penitenciaría [UP1]. —Nuevamente la trituradora entró en acción—. Una maravillosa persona.


“Comandos”

— ¿Vos cumplías una función sanitaria dentro del grupo?

Cristina: Claro, claro. Los comandos estaban organizados así: el que se ocupaba de los autos, el de prensa... Los varones no están ninguno, eran médicos. Y las chicas éramos tres: una ahora es psiquiatra, de la otra no supe nada más, y yo todavía no era médica.

 

“La procesión por las cárceles”

Cristina cuenta las dificultades que tuvieron para visitar a su hermano por el territorio argentino: “De Encausados a la Penitenciaría [B° San Martín], de la Penitenciaría a Sierra Chica, de Sierra Chica a Trelew y de Trelew vuelve a Sierra Chica; y ahí le dan la libertad [después de cuatro años y medio]”.


Cristina: Las visitas a Encausados eran como una fiesta. Íbamos todos, nos reíamos todos, charlábamos, tomábamos mates, cantábamos... —Cristina cambia el tono de voz, se entusiasma— tocábamos la guitarra. Yo tenía una guitarra que me había regalado mi mamá y yo se la di a mi hermano. Él no tocaba la guitarra, pero la guitarra estuvo en la cárcel los cuatro años y medio que estuvo mi hermano, y después me la devolvieron.

Agrega que, cuando dan el golpe, se cierran las visitas. Su hermano pasa un año en la Penitenciaría y luego lo trasladan a Sierra Chica. Las visitas eran en la capilla del penal; ponían los bancos al revés, con un pasillo en el medio: los presos de un lado y las visitas del otro. Tenían que estar parados y no se permitía el contacto, “sin compartir nada”.

Cristina: Allá en Rawson... —se le seca la garganta— era a través de un vidrio y con un micrófono; no había contacto físico. Hicimos semejante viaje para verlo a través de un vidrio.

Todos esos años de visitas crearon lazos con las madres y hermanas de los detenidos. Recuerda que se hizo amiga del compañero de la célula de su hermano: tiene ochenta y siete años y milita con los jubilados. “Es muy activo, es un militante de fierro”, subraya. Le dice “el Mono”, es morocho, morocho: el “Mono” Palacios..


“Idealismos a ultranza”

— Cristina: ¿Qué te motivó a participar en el grupo? ¿Cuál era tu ideal?

Cristina: La motivación era hacer un mundo nuevo, ese era el ideal. Creíamos que lo podíamos cambiar, estábamos seguros de que lo íbamos a lograr; ese era el ideal de nuestra generación... —hace una pausa— y acá estamos, un presidente de derecha votado por los jóvenes.

— Aquel momento de tu vida, ¿lo repetirías?

Cristina: No sé si de la misma manera…

— Vos no te arrepentís.

Cristina: Arrepentirme no, porque sería dejar de valorar a todos mis compañeros muertos. Pero creo que de alguna manera no supimos valorar la magnitud del enemigo al que nos estábamos enfrentando. Porque probablemente ese idealismo te hacía creer que no había tanta maldad en las personas como para exterminar niños, torturar, violar mujeres... son cosas inimaginables lo que se vivió en esos años. En esa mente de cambio, podría decir una “gran fe”, no entraba; me parece que fue, de alguna manera, un idealismo a ultranza. Porque podíamos con todo… El mundo estaba dividido en dos: vos estabas de este lado de la cortina o del otro. No había medias tintas.


“La universidad era un hervidero”

— Según tu concepto de que el mundo estaba dividido en dos, ¿la mayoría de la población, de los jóvenes, no pensaban de esa forma?

Cristina: En la universidad era un hervidero. Nosotros... —Cristina cobra entusiasmo— el centro de estudiantes se llamaba "Los Héroes de Trelew" y estaban las fotos de los fusilados en Trelew. Estábamos en una dictadura y estaba “el Clínica” con los fusilados de Trelew.


“Perón echó a los Montoneros”

— Hablar de los '70 es hablar de los últimos días de Perón y los imberbes.

Cristina: Con Perón se embarra para siempre... para siempre. A mí me debería dar vergüenza, la verdad, que vino. —Hace una pausa larga, se escuchan unas campanitas— Él sabía que se iba a morir, ¿para qué vino?


“Yo no lo voté”

— ¿Vos no crees que tus compañeros también lo votaron, porque fue elegido por un porcentaje alto en las urnas?

Cristina: Yo no lo voté —Cristina rompe el tono de la charla, se ríe—. La Primavera Camporista fue el único respiro que tuvimos. Pero Perón no era Cámpora. Perón vino con López Rega, Perón echó a los Montoneros de la Plaza. (Silencio).


“Volaban los floreros”

— Contame cómo era Córdoba políticamente en la década del setenta.

Cristina: Acá, por ejemplo, antes del golpe hubo dos muertes que signaron a la militancia: el asesinato de Atilio López y la muerte de Tosco. Yo estuve en los entierros. En el entierro de Tosco nos agarraron a balazos en el cementerio; se habían apostado arriba y desde ahí nos tiraban, volaban los floreros de los nichos. En la casita donde venden flores nos tuvimos que guarecer. Estaba hablando en ese momento Florencio Díaz, un dirigente gráfico; hay un hospital que lleva su nombre, murió preso. Él estaba hablando cuando empezó el tiroteo y tuvieron que guardar el féretro de Tosco para que no lo hicieran desaparecer, como hicieron con Evita. No lo enterraron; lo tuvieron que poner en otro lado para esconderlo. Estuvo clandestino aún muerto. Un hombre muy joven... él muere porque se enfermó en la clandestinidad y no tenía atención médica. Ese era el clima: éramos todos jóvenes.


Lacabanne

— ¿Quién era el gobernador de Córdoba?

Cristina: En el ‘74 ya estaba la intervención; estaba Lacabanne, por orden de Perón, porque Perón fue el que dio el visto bueno para que la policía diera el golpe. El que comenzó con la masacre aquí en Córdoba fue el mismo Perón; estaba vivo en aquel tiempo.


“Estúpidos e imberbes”

— ¿Perón traicionó a los jóvenes?

Cristina: Y sí. Primero los llamó para hacer la revolución y después les dijo imberbes... —se queda sin aire y retoma con bríos—. Obviamente que yo respeto a los peronistas —subraya esta última palabra con énfasis—, pero soy muy crítica con Perón. Sé del primer gobierno de Perón, yo aún no había nacido, pero leo la historia: de las leyes, de las vacaciones, de la mar en coche. Pero lo que me tocó vivir... no sé.

— Claro, viviste la etapa convulsionada de los '70.

Cristina: Él vino y dijo que era un “León Herbívoro”, pero… mentiras, te bajó la caña igual. En realidad, se supo rodear de la peor calaña. Todos hablaban del cerco, pero el cerco lo eligió él. (Silencio). Esta es la mirada mía, que puede estar equivocada; no del peronismo, sino de Perón. Que son dos cosas distintas: una cosa es el movimiento popular y otra es la persona.


“Perón hacía seña para la izquierda y doblaba a la derecha”

— En el libro Pubis angelical, de Manuel Puig, se pone de relieve la dualidad o ambigüedad del peronismo y la militancia de aquel tiempo. ¿Era una contradicción?

Cristina: Se quería ir más allá, y él quería... —pausa— Yo siempre hacía el chiste: que “Perón hacía seña para la izquierda y doblaba a la derecha”. Ponía el guiño para la izquierda y doblaba a la derecha. Porque la Triple A era peronista. Porque existieron listas negras de artistas e intelectuales; se tuvieron que ir del país. Yo tengo amigos que se tuvieron que ir del país porque los amenazó la Triple A.

— Visto con el paso de los años, si Perón hubiera tenido otra actitud, ¿la realidad hubiera sido otra cosa?

Cristina: La primera actitud de él debiera haber sido quedarse a un costado. —pausa— Pero al imperialismo le gustaba que él volviese, porque si no la izquierda iba a avanzar.


“Andá decile a algún peronista”

— ¿Fue como un dique?

Cristina: Y sí, desde el nacimiento. Cuando Perón aparece, los sindicatos eran anarquistas y comunistas... —pausa— está clarito como el agua. No digo que haya sido intención de él, pero sí fue una oportunidad para que el imperialismo frenara la lucha; y él se prestó de alguna manera. Andá decile a algún peronista, no te lo acepta. Pero era así, mirá la historia. Pero ahora, siendo hoy, el rol de la izquierda... para mí la izquierda no tiene que luchar para llegar al poder ya, para mí en este país no tiene posibilidad. Para mí la izquierda tiene que ser el catalizador de ideas que puedan aportar nuevas estrategias para mejorar la vida del pueblo. Ya no podemos usar el lenguaje de los años setenta, no tiene sentido, era otro contexto. Ahora hay que trabajar para invertir eso que ha hecho de atrofiar los cerebros de los jóvenes utilizando las redes sociales, el TikTok, todo eso. Realmente lo están usando para nada.


“Repetía lo que decían los milicos”

— En los setenta era común escuchar dos palabras, “alienado” y “no pensante”, en referencia a la gente simple que no militaba. ¿Comparando el hoy con aquel tiempo, qué los alejaba de tener una actitud revolucionaria?

Cristina: Había una parte de la juventud que no militaba y no hacía nada, y repetía lo que decían los milicos: “sos un apátrida”, “estás detrás del trapo rojo”. No era el manejo que tienen hoy a través de las redes, que una idea llega a millones de jóvenes que son utilizados. Desde la niñez las madres no entienden: le dan el celular al bebé, están cortando todas las redes neuronales, están haciendo idiotas... se espera que los coeficientes intelectuales bajen abruptamente en esta generación. Es difícil.


“Se morían boqueando”

— Cuando comenzaste tu actividad médica en los ochenta: ¿Cómo observabas la situación social?

Cristina: Cuando yo comencé con mi actividad hospitalaria teníamos los desnutridos de tercer grado —te estoy hablando del '81, '82—; llegaban marasmaticos [El Marasmos es un tipo de desnutrición severa] los chicos a la consulta, se morían boqueando, como se muere un pajarito cuando se cae del nido. Fue terrible —se lamenta—. Trabajamos en equipo, trabajamos mucho en la recuperación de los desnutridos. Nos íbamos a las villas, a las casas, los seguíamos después de que les dábamos el alta para ayudar a recuperarlos. Después de esto fue mejorando, ya estábamos en democracia, mejoraron los índices, bajó la mortalidad infantil, fue cambiando. Después pasamos una época para el otro lado, el índice de obesidad, y ahora estamos volviendo a la desnutrición, lamentablemente. Yo estuve veinte años a cargo del programa de atención domiciliaria de enfermos crónicos; son niños discapacitados, neurológicos, mentales o con problemas respiratorios graves, con respirador en la casa. Íbamos a las casas; hay una médica que se formó conmigo y sigue el programa. Yo trabajé hasta la pandemia y después me jubilé, pero el programa sigue. Gran satisfacción me dio.


“Los radicales nunca hicieron nada por la salud”

— ¿Mejoró la salud infantil desde que comenzaste?

Cristina: Tuvimos de todo. Por ejemplo, del gobierno de De la Sota en el dos mil... los radicales nunca hicieron nada por la salud. Pero cuando estuvo De la Sota, no solo que nos dieron todo —hasta guardapolvos nos daban a los médicos—, sino que fue cuando se erradicaron las villas, se crearon los barrios ciudades; y yo, que visité los ranchitos y después las casitas de material con piso y con baños... a mí no me lo contaron, yo lo viví, fue increíble.

— ¿Vos hacías las veces de asistente social?

Cristina: No, teníamos un equipo: una asistente social, una enfermera y yo. Formo parte hace treinta años del Comité de Pediatría Social de la Asociación Argentina de Pediatría; todavía formo parte.


“Los cincuenta años del golpe”

— ¿En qué consiste?

Cristina: Hacemos jornadas para los pediatras y el equipo de salud sobre temas que no son tan sencillos, sino más sociales. Ahora, por ejemplo, este año estamos hablando de alimentación, estamos discutiendo sobre la emergencia alimentaria de estos niños. Y ahora para los cincuenta años del golpe, estamos por hacer una pequeña contribución, un pequeño acto por Zoom donde va a estar la curadora del Museo de la Memoria de Buenos Aires y yo contando un poco de los años de la dictadura.


“Los gremios son los más explotadores de los médicos”

— Siempre trabajaste en el ámbito estatal. ¿También en el privado?

Cristina: En las dos cosas. Trabajé en la UEPC veinte años. Te digo que los gremios son los más explotadores de los médicos; ellos defienden a los trabajadores, pero no a los médicos. En la parte privada los médicos no tenemos vacaciones, no tenemos aguinaldo y trabajamos como monotributistas. Estuve diez años en la formación del sindicato de los médicos y tuve que renunciar porque no conseguí que se identificaran como trabajadores. Se creen que son “profesionales”.


“Estamos en deuda con la sociedad”

— ¿Vos considerás que sea un mérito el hecho de ser médico?

Cristina: Yo creo que es al contrario. Todos los que hemos logrado una educación universitaria, una educación pública, estamos en deuda con la sociedad, porque nosotros estudiamos en la Universidad. ¿Cómo le devolvemos? Eso es lo que los colegas no entienden.

¿Vas a dejar sin atender a un niño?

— Vos asumiste un compromiso social a diferencia de otros, que es el lucro.

Cristina: Por eso los pediatras en el mundo de la medicina somos los más pobres, en todo el mundo. Muchas veces tenés que atenderlo sin cobrar. ¿Vas a dejar sin atender a un niño porque no tiene plata? Es un modo de militar. El pediatra es el último médico de familia que queda; vos cuando ves a un niño tenés que averiguar con quién vive, quiénes son sus padres, cómo es su casa, si tiene dónde dormir, si tiene comida.


“Nos aseguraba el salvoconducto para llegar a su casa”

— Cristina, ¿te identificaba o te afectaba la cuestión social cuando visitabas los barrios que nombraste?

Cristina: Sí. Vos no te imaginás en los barrios en que he andado —se ríe con picardía—. Había un lugar donde para entrar al barrio tenías que pasar por un pasillo que se llamaba “el pasillo de la muerte”, en Barrio Mafekin. El chofer que nos llevaba del Hospital, del Ministerio, estábamos ahí y me dice una vez: “Mire, doctora, yo dejo el motor encendido, usted vaya; yo cualquier cosa que pase, me las pico”. Una vez fuimos a Barrio Maldonado, detrás del cementerio de San Vicente, a buscar un aparato que había quedado y que había que recuperarlo para otro niño que lo necesitaba. Se nos paró en fila una barrita con unas piedras así —hace un gesto con las manos—. Le digo al chofer: “Mire para atrás, esas piedras son para nosotros”. Entonces justo sale el dueño de casa y le hago seña; el dueño de casa los miró para que bajaran las piedras. Una vez en Barrio La Toma, allá al final de Bv. San Juan, tuvimos que salir marcha atrás. Por lo general estos hechos han sido puntuales. En general nos han recibido bien. Por ejemplo, en Sangre y Sol, una villa que hay por Yapeyú. Nosotros atendíamos a las hijas del que era el líder, entonces él nos esperaba en la entrada y nos aseguraba el salvoconducto para llegar a su casa; así que nos respetaban por eso. En ese sentido nunca me pasó nada; solo una vez me mordió un perro porque la mujer siempre guardaba al perro y ese día no lo guardó en el cuartito —nos reímos—. Si no, no. Fue una experiencia muy linda, es como seguir militando; además me pagaban por eso. Yo siempre contaba que entraba al hospital cantando. Me gustaba sentirme útil, servir para algo, ayudar a alguien. La trabajadora social que teníamos era formidable; una vez fuimos a ver a una mamá que tenía cinco niños chiquitos, venía de afuera y vivía en una carpa... tengo una foto. Y ella le consiguió una casa donde vivir. Entonces eso te hace sentir que pequeñas cosas, aunque no sean generales, también ayudan. Por eso digo yo: no hablaremos de revolución, pero sí tenemos que hablar de cambios, aunque sean pequeños, lo que esté a nuestro alcance.


“No quieren hacer pediatría porque es mucho compromiso y poca plata”

— Veo que sos llana, que no te diferencias del resto de la sociedad por lo que has contado.

Cristina: La mayoría de los pediatras somos mujeres. Fijate que en la Unión Soviética no dejaban que los varones fueran pediatras porque consideraban que la sensibilidad de las mujeres era importante para tratar a los niños; era una carrera más corta y era para mujeres exclusivamente. Pero eso de que somos pobres en el mundo entero es cierto. Ser pediatra es una vocación, no es como el médico de adultos que te da el medicamento y que Dios te ayude. Yo lo veo hoy al niño y le digo: “Bueno, mamá —yo siempre les digo así—, yo lo veo un ratito, esta es mi visión de hoy, pero usted lo ve veinticuatro horas; si usted ve que se está desajustando, usted ahí nomás me escribe”. Yo en cuarenta y ocho horas lo quiero volver a ver. Pero si pasa algo, la mamá me llama. Yo le digo: “Yo soy médica, no adivina”..

En el centro de salud de UEPC éramos cuatro pediatras y ahora no hay. A los niños los ve el médico generalista. Porque los médicos jóvenes no quieren hacer pediatría, porque es mucho compromiso y poca plata.

 

Ha pasado una hora sin darnos cuenta. Hemos bajado al infierno de los setenta y lo remontamos. Cristina recuerda su próximo compromiso; su cuerpo quisiera volar, se preocupa por la distracción de la moza. Le digo: “Andá tranquila, el café lo pago yo”.

Se levanta y deja tras de sí la estela de una generación que, a pesar de las balas y las traiciones, nunca aprendió a ser indiferente.

*El Comando Libertadores de América: El brazo de la Triple A en Córdoba (liderado por el Capitán Vergez), que actuaba con una ferocidad civil antes y durante el golpe.

-Los corchetes "[]" son notas de la redacción.


Ciudad de Córdoba, 08 de Abril, de 2026

 




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